El cuerpo pendía de la viga, atado con una soga desgastada y
grasosa desde su cuello.La zapatilla
izquierda se le salió del pie, estaba debajo del cuerpo. Tal vez en algún
estertor antes de la muerte se le
desprendió, como se le iba desprendiendo la vida…¿Qué habrá pensado? Qué habrá
sentido en ese momento en donde se dio cuenta que su cuello no se quebraría por
su peso y que su muerte sería más lenta y agónica, quedándose sin aire.
El galpón se veía a lo lejos en el horizonte, no sabía por
qué sus piernas lo habían llevado hasta ahí, corría ya por inercia, no podía
detenerse, su corazón y su mente era un torbellino, sólo quería paz, dejar de
pensar, dejar el dolor de lado. El galpón era de un tío, de chapa oxidada y
herrumbrosa, la puerta estaba desvencijada, y de fácil acceso. Adentro había
herramientas viejas y un tractor sin motor, a la espera eterna de un mecánico
que nunca llegaría. Como él que esperaba algo de la vida que nunca llegaría, ya
se había dado cuenta de ello, esperar era inútil.
El pastizal era alto, como latigazos castigaba sus
piernas flacas y desnudas, el short que
tenía sólo servía para cubrir su pudores, estaba cansado, el aire le ardía en
el pecho de tanto correr, huía de todos y de todo, pero de lo que más huía no
podía alejarse, huía de lo que tenía adentro, ese dolor que le desgarraba tan
fuerte como el aire que respiraba tan desesperadamente por la boca.
Había estado en su casa, pocos segundos, sin saberlo fue una
despedida, la madre cuando lo vio ya era tarde, salía corriendo por la puerta,
saliendo al campo, los pastizales, sin rumbo cierto. La casa era chica, eran
una familia numerosa, muchos hermanos, muchas bocas que alimentar, mucha ropa
que lavar, la madre siempre estaba ocupada con esos menesteres, hacía todo lo
que podía, tal vez estaba un poco cansada de esa vida, pero nunca se quejó.
Siempre trato de buscar lo mejor para ellos, pero con él no supo cómo
manejarlo, por eso la decisión que había tomado en su momento tal vez no fue la
mejor, pero fue la única que pudo tomar. Él la entendía, no estaba más enojado
con ella, sabía perfectamente que ella hacía todo lo que podía, el perdón llegó
como un momento de iluminación, no estaba enojado, sólo dolido, Ese dolor
profundo en el centro del pecho que no deja respirar.
Miró por la ventana para ver si había alguien buscándolo en
su casa, alguien como la policía pero lo que vio no era lo que esperaba
encontrar. Su mujer, su amor, la causa de seguir en pie, ahí estaba en la cama,
en su cama, con otro hombre.
Era el mediodía, no
quería saber nada del mundo, nada de su familia, nada del instituto donde había
estado hasta esa mañana temprano. Lo único que quería era estar en su casa, su
hogar, con su mujer, su refugio. Nadie creía que era un amor verdadero, nadie le
creía lo que sentía su corazón, todo el mundo le había dicho que esa mujer no
era para él, que era demasiado mayor, que él no sabía nada de la vida todavía,
que la juventud es un lente de aumento y te hace creer que ahí delante tenés
cosas que no son tal. Pero el no escuchaba, confiaba en su corazón y contra
viento y marea luchó, luchó contra todos por ella.
Estaba muy cansado, había corrido toda la mañana,
escondiéndose de la policía, de médicos, de enfermeros de hermanos, padres y
primos, parecía que todo el mundo estaba en contra de su felicidad. Pero él
quería demostrarles que eran ellos los que estaban equivocados, por eso volvía
con ella, para que ella hable, para que ella le demuestre su amor.
Las paredes del instituto eran grises y estaban llenas de
manchones de humedad, siempre tenía frío en la cama que le había tocado, la frazada era fina y tenía los bordes
desgastados, las sábanas tenían manchas irreconocibles, años y años y miles de
pibes que pasaron por ellas. La habitación es un largo barracón frío y
maloliente con 40 camas, 20 a la izquierda, 20 a la derecha una sola puerta en
cada punta, una al baño, duchas e inodoros y lavatorios con óxido por el paso
del tiempo, la otra al patio, un gran cuadrado de tierra yerma en el que miles
de pasos de miles de jóvenes no permitía que creciera un poco de verde, en ese
patio convergían otros tres barracones, todos exactamente iguales. Más allá,
los guardias que caminaban en derredor del alambrado, más allá del alambrado,
la libertad.
La decisión del juez
es inamovible, queda en custodia del estado el señor Alberdi E hasta su mayoría
de edad a cumplirse dentro de dos años, hasta ese momento quedará internado en
el Instituto de menores nro III cito en la ciudad de la plata. Si las partes
involucradas no tienen nada que objetar pueden retirarse y el oficial se hará
cargo desde este momento del menor.
La madre estaba desconsolada, sentía que ese hijo suyo no le
pertenecía más, no sabía cómo hacer para ayudarlo, lloraba de tan sólo recordar
cuando era bebé y le daba la teta y le cambiaba los pañales, ¿En qué momento
los hijos crecen y se convierten en perfectos desconocidos? Juntó coraje y llamó
a quién pudiera ayudarlo, creía en el fondo que le estaba haciendo un bien al
mandarlo con un juez, que decida él, ya que a ella no la escuchaba.
La pandilla eran cinco, todos amigos, todos se conocían desde
el jardín de infantes, ahora con quince años, se creían adultos, fumaban
tomaban cerveza en la esquina, siempre con sus viseras de distintos colores,
algunos ya habían empezado a manejar sus motos, sus primeros trabajos, sus
primeras novias El porro era una cosa más, totalmente normal, una birra un
porro y planificar la noche del sábado en el baile. En qué momento pasaron a
otras drogas más fuertes no se sabe, tal vez aburridos quisieron probar cosas
nuevas, tal vez para no quedar como el cobarde del grupo él también se
enganchó.
Tenía 7 años, y gritaba ¡Prima! ¡Prima! desde la esquina, a mí
me gustaba sentarme en la vereda todas las tardes y ver caer el sol, él venía
todos los días buscando a mis hermanos menores, que tenían más o menos la misma
edad, para jugar con ellos. Lo veía venir corriendo desaforado, con esa sonrisa
que le iluminaba toda la cara, siempre tan feliz, tan lleno de vida, con todo
el futuro por delante. Yo me quedé pensativa viéndolo, viendo a mis hermanos, viéndome
a mí, pensando que la vida es alegría, que no hay preocupaciones graves, que
hay que disfrutar el momento, que siempre hay algo bueno para nosotros en el
futuro, y mientras pensaba en ello cerraba mis ojos, dejando que el sol
calentara con sus últimos rayos mi cara pecosa, escuchando de fondo como mi
primo corría junto a mis hermanos, gritando, buscando al resto de la pandilla.