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domingo, 11 de enero de 2015

Crónica


El cuerpo pendía de la viga, atado con una soga desgastada y grasosa  desde su cuello.La zapatilla izquierda se le salió del pie, estaba debajo del cuerpo. Tal vez en algún estertor  antes de la muerte se le desprendió, como se le iba desprendiendo la vida…¿Qué habrá pensado? Qué habrá sentido en ese momento en donde se dio cuenta que su cuello no se quebraría por su peso y que su muerte sería más lenta y agónica, quedándose sin aire.

El galpón se veía a lo lejos en el horizonte, no sabía por qué sus piernas lo habían llevado hasta ahí, corría ya por inercia, no podía detenerse, su corazón y su mente era un torbellino, sólo quería paz, dejar de pensar, dejar el dolor de lado. El galpón era de un tío, de chapa oxidada y herrumbrosa, la puerta estaba desvencijada, y de fácil acceso. Adentro había herramientas viejas y un tractor sin motor, a la espera eterna de un mecánico que nunca llegaría. Como él que esperaba algo de la vida que nunca llegaría, ya se había dado cuenta de ello, esperar era inútil.

El pastizal era alto, como latigazos castigaba sus piernas  flacas y desnudas, el short que tenía sólo servía para cubrir su pudores, estaba cansado, el aire le ardía en el pecho de tanto correr, huía de todos y de todo, pero de lo que más huía no podía alejarse, huía de lo que tenía adentro, ese dolor que le desgarraba tan fuerte como el aire que respiraba tan desesperadamente por la boca.

Había estado en su casa, pocos segundos, sin saberlo fue una despedida, la madre cuando lo vio ya era tarde, salía corriendo por la puerta, saliendo al campo, los pastizales, sin rumbo cierto. La casa era chica, eran una familia numerosa, muchos hermanos, muchas bocas que alimentar, mucha ropa que lavar, la madre siempre estaba ocupada con esos menesteres, hacía todo lo que podía, tal vez estaba un poco cansada de esa vida, pero nunca se quejó. Siempre trato de buscar lo mejor para ellos, pero con él no supo cómo manejarlo, por eso la decisión que había tomado en su momento tal vez no fue la mejor, pero fue la única que pudo tomar. Él la entendía, no estaba más enojado con ella, sabía perfectamente que ella hacía todo lo que podía, el perdón llegó como un momento de iluminación, no estaba enojado, sólo dolido, Ese dolor profundo en el centro del pecho que no deja respirar.
Miró por la ventana para ver si había alguien buscándolo en su casa, alguien como la policía pero lo que vio no era lo que esperaba encontrar. Su mujer, su amor, la causa de seguir en pie, ahí estaba en la cama, en su cama, con otro hombre.

 Era el mediodía, no quería saber nada del mundo, nada de su familia, nada del instituto donde había estado hasta esa mañana temprano. Lo único que quería era estar en su casa, su hogar, con su mujer, su refugio. Nadie creía que era un amor verdadero, nadie le creía lo que sentía su corazón, todo el mundo le había dicho que esa mujer no era para él, que era demasiado mayor, que él no sabía nada de la vida todavía, que la juventud es un lente de aumento y te hace creer que ahí delante tenés cosas que no son tal. Pero el no escuchaba, confiaba en su corazón y contra viento y marea luchó, luchó contra todos por ella.

Estaba muy cansado, había corrido toda la mañana, escondiéndose de la policía, de médicos, de enfermeros de hermanos, padres y primos, parecía que todo el mundo estaba en contra de su felicidad. Pero él quería demostrarles que eran ellos los que estaban equivocados, por eso volvía con ella, para que ella hable, para que ella le demuestre su amor.

Las paredes del instituto eran grises y estaban llenas de manchones de humedad, siempre tenía frío en la cama que le había tocado, la frazada era fina y tenía los bordes desgastados, las sábanas tenían manchas irreconocibles, años y años y miles de pibes que pasaron por ellas. La habitación es un largo barracón frío y maloliente con 40 camas, 20 a la izquierda, 20 a la derecha una sola puerta en cada punta, una al baño, duchas e inodoros y lavatorios con óxido por el paso del tiempo, la otra al patio, un gran cuadrado de tierra yerma en el que miles de pasos de miles de jóvenes no permitía que creciera un poco de verde, en ese patio convergían otros tres barracones, todos exactamente iguales. Más allá, los guardias que caminaban en derredor del alambrado, más allá del alambrado, la libertad.

La decisión del juez es inamovible, queda en custodia del estado el señor Alberdi E hasta su mayoría de edad a cumplirse dentro de dos años, hasta ese momento quedará internado en el Instituto de menores nro III cito en la ciudad de la plata. Si las partes involucradas no tienen nada que objetar pueden retirarse y el oficial se hará cargo desde este momento del menor.

La madre estaba desconsolada, sentía que ese hijo suyo no le pertenecía más, no sabía cómo hacer para ayudarlo, lloraba de tan sólo recordar cuando era bebé y le daba la teta y le cambiaba los pañales, ¿En qué momento los hijos crecen y se convierten en perfectos desconocidos? Juntó coraje y llamó a quién pudiera ayudarlo, creía en el fondo que le estaba haciendo un bien al mandarlo con un juez, que decida él, ya que a ella no la escuchaba.

La pandilla eran cinco, todos amigos, todos se conocían desde el jardín de infantes, ahora con quince años, se creían adultos, fumaban tomaban cerveza en la esquina, siempre con sus viseras de distintos colores, algunos ya habían empezado a manejar sus motos, sus primeros trabajos, sus primeras novias El porro era una cosa más, totalmente normal, una birra un porro y planificar la noche del sábado en el baile. En qué momento pasaron a otras drogas más fuertes no se sabe, tal vez aburridos quisieron probar cosas nuevas, tal vez para no quedar como el cobarde del grupo él también se enganchó.


Tenía 7 años, y gritaba ¡Prima! ¡Prima! desde la esquina, a mí me gustaba sentarme en la vereda todas las tardes y ver caer el sol, él venía todos los días buscando a mis hermanos menores, que tenían más o menos la misma edad, para jugar con ellos. Lo veía venir corriendo desaforado, con esa sonrisa que le iluminaba toda la cara, siempre tan feliz, tan lleno de vida, con todo el futuro por delante. Yo me quedé pensativa viéndolo, viendo a mis hermanos, viéndome a mí, pensando que la vida es alegría, que no hay preocupaciones graves, que hay que disfrutar el momento, que siempre hay algo bueno para nosotros en el futuro, y mientras pensaba en ello cerraba mis ojos, dejando que el sol calentara con sus últimos rayos mi cara pecosa, escuchando de fondo como mi primo corría junto a mis hermanos, gritando, buscando al resto de la pandilla.

sábado, 25 de octubre de 2014

Pupitre


Las mañanas eran lentas en “el nacional”, así le decíamos a nuestro secundario. Lentas y aburridas. Mucho más cuando el solcito calentaba nuestras espaldas entrando por la ventana, casi riéndose de nosotros.
La primer hora de los viernes era geografía, luego seguía química y la última;  matemáticas, si un viernes delicioso en todos los sentidos
La profesora de geografía tenía tantos años que dudábamos si era pariente de Tutankamón, de la de química no me puedo quejar, nos llevaba al laboratorio y eso me gustaba, creo que una parte de genio loco renacía dentro de mí en cada clase de química, bueno también puede ser que la profesora me gustara un poco y eso hacía más ligeras las clases aún aprendiéndose de memoria los elementos de la tabla periódica. La profesora de matemáticas era un caso aparte, usaba bastón y parecía una señora que había pasado mejores tiempos en su juventud.  Nunca creí que la docencia fuera su pasión, siempre me la imaginé como que tuvo un traspié y abandonada por su familia no le quedó más remedio que ser profesora;  eso o simplemente  le gustaba ser mala con los alumnos.
En su clase nadie podía hablar, el silencio debía ser absoluto y con la mirada siempre atenta al pizarrón, durante las dos horas de su clase si se escuchaba un sonido más fuerte que una respiración era motivo más que suficiente para ser llamado al frente y vértelas con un problema imposible de resolver.
Pero este cuento no es sobre profesoras, este cuento es de la vida misma y de lo que aprendemos que no se enseña en un pizarrón.
La escuela era vieja, las paredes blanqueadas a cal, supieron tener un momento de gloria pasada, los pupitres eran antigüedades de 50 años atrás, los bancos hacían un perfecto juego para un viaje al pasado.
En mi pupitre disfrazado por la pintura tenía una rajadura de unos 5 centímetros, rajadura que se reía de los intentos vanos de taparla, mis compañeros me envidiaban “¡Es especial para poner  los machetes de las pruebas!”  me decían pero siempre fui medio boluda y nunca me copié, bueno salvo aquella otra vez y encima me salió mal, pero eso en  otro cuento.
Se me había hecho costumbre pasar mis dedos por la grieta de la madera, seguir las vetas desdibujadas gracias al verde de la pintura; hasta que un viernes, en la última clase, pensando más en que iba a ser un fin de semana soleado ideal para pasear con amigos que prestando atención a Pitágoras y sus problemas, tuve una idea.
Y escribí un tímido “¡hola!” en un pedazo de hoja Rivadavia carpeta número tres, hay cosas que se te graban más que cualquier teorema gracias a la constancia de 5 años de estudios.
Y la hora se terminó y sonó el timbre indicando el fin del día,  y de la semana, los gritos y las corridas de la alegría eran los de siempre, tal vez más un poco más enfáticos porque ese  viernes prometía dos días de sol y calorcito para hacer lo que quisiéramos.
Yo me fui a mi casa, caminando a solas tranquila, como siempre, pensando en las obligaciones que me esperaban ahí:  llevar a mi hermana menor al jardín, comer algo de lo que haya quedado y lavar los platos, limpiar la casa y cosas así de aburridas pero que eran mi responsabilidad por estar en una familia en donde los padres trabajaban afuera todo el día
Pero dentro mío quedó rebotando de un lado al otro de mi cabeza si ese “hola” iba a ser respondido y por quién,  deseaba una parte de mí que fuera un  chico, uno lindo y que no se riera de mi ñoñez con el resto de sus compañeros pero eso es casi imposible cuando tenés  13 años de edad.
 Siempre hubo como una especie de competencia entre los dos  turnos, los de la mañana éramos más estudiosos que los de la tarde, éramos los mejores en deportes y los más inteligentes. La verdad siempre competíamos en todo. Bah ellos, mis compañeros, a mi me importaba muy poco el prestigio de los de la mañana contra los de la tarde
Qué sorpresa cuando el lunes a primera hora encontré un papel en la rajadura, un papel que no era el mío, ¡sino una respuesta a ese!
En mi pupitre se sentaba Stella, era del mismo curso que yo, turno tarde,
Pasaron meses,  y las cartas comenzaron a ser más largas, tanto que casi no entraba en la grieta del pupitre, nos decíamos mejores amigas y nos dibujábamos corazones y flores.
Stella  tenía un año más porque había repetido segundo año, vivía mucho más lejos que yo e iba en colectivo al colegio, era hija única y su mascota era un loro, su madre era separada y tenía nuevo novio, uno que a ella no le gustaba. Ella también tenía un novio, un chico más grande que ella, con gomina en el pelo y campera de cuero, y moto, una moto grande. Stella se maquillaba y usaba sus uñas color rojo, yo le hablé de mi familia, de mis hermanos, de los libros que leía, a ella no le gustaba leer mucho, le conté de mis padres, de mi infancia con mis abuelos y de lo que quería ser cuando sea grande y como quería que fuera mi novio futuro.
La regla tácita era no conocernos, pasaron los meses y aunque a veces hacíamos trampa y nos esperábamos en la puerta del colegio para conocernos nunca se nos dio la oportunidad.
 Hoy lo recuerdo y miro de reojo mi página de facebook y me río, me río de esa época en donde todo era más naif, todo más inocente, me río de los chicos de las nuevas generaciones que se pierden este tipo de cosas.
Más o menos duró como un año esa  amistad, mientras tanto en el colegio todo el mundo sabía la historia de cómo nos habíamos conocido y todos mis compañeros comenzaron a dejar cartas en sus pupitres para comunicarse con los de la tarde, claro que la directora se dio cuenta de esto y nos prohibió escribir más cartas, si muchos chicos escribían diciendo barbaridades para que los otros se enojaran.
Todos los años en primavera teníamos el “día de la actividad física” ¿qué era esto? Un terrible castigo a la juventud sedentaria en donde nos hacían creer que todos teníamos pasta de deportistas, era una jornada completa en el parque de la ciudad haciendo distintas actividades físicas recreando una competencia olímpica, salto en alto, salto en largo carreras de velocidad, resistencia y otras actividades más que gracias a Dios casi ya no recuerdo, aburrido y largo, ese día te tenías que levantar temprano vestirte con tu “equipo de gimnasia” prepararte una vianda y en vez de ir al colegio, ir directamente al parque. Ahí te esperaban todas las profesoras y profesores de educación física con listados con tu nombre y las actividades relacionadas a vos. Claro la competencia era contra el universo paralelo de la tarde.
La última competencia era  la de resistencia, 5 vueltas corriendo al velódromo. En esa competencia participábamos Stella y yo. Las primeras dos vueltas fueron tranquilas,  estábamos todas con energía y contentas porque era la última actividad, ya en la cuarta resoplábamos y nos dolían las piernas, algunas de mis compañeras iban por su última vuelta, Stella estaba tan atrasada como yo, íbamos cabeza a cabeza sin apuro, ella trababa de conversarme yo intentaba retener y controlar mi respiración, nunca fui una gran corredora.
Sin querer llegamos a la última vuelta, quedábamos cinco o seis chicas sin haber terminado la prueba, entre ellas ; nosotras amigas y competidoras gracias a las brillante idea de fomentar la competitivad de la escuela. Los gritos de las profesoras alentándonos nos retumbaban en la cabeza, las piernas no daban más y los pulmones ardían.
En mi cabeza hubo un click y aceleré y aceleré y dejé a todas atrás, dejé de sentir mis piernas, escuché que Stella me hablaba y me llamaba desde atrás, si veníamos las dos corriendo a la par, la dejé sola, y aceleré y no me importó nada, quería irme.
Cuando terminé y vi que a los diez minutos llegaba ella más cansada que yo, más exhausta que yo, me miró y dio vuelta la cara. Ahí también hubo un click pero en mi corazón. Algo se había roto, algo había roto yo en un momento de la carrera, algo que no se solucionaría jamás. Pude ver la decepción en los ojos de la que yo decía mi amiga y sentí mi propia decepción dentro de mí.
Durante un tiempo seguí dejándole papelitos extrañamente doblados en el pupitre, pero al otro día los encontraba intactos, también me quedaba en la puerta esperándola pero nunca me la volví a cruzar.
La esperé tal vez para ofrecer una disculpa. No supe qué se había roto dentro de mí ese día de la carrera hasta que no noté su silencio, su vacío.
Ahora ya grande,  eso roto ha creado un vacío oscuro muy profundo dentro de mí, un vacío que a veces pide que lo alimente.


miércoles, 27 de noviembre de 2013

pelea

Los pequeños altares a lo largo del camino son como puntos de una sutura mal hecha, tótems de dolor y abandono. El sol calienta el sucio asfalto y repiquetea en el techo del viejo auto lleno de polvo. En todo el  esplendor del mediodía, reseca la garganta y los yuyos del borde de la ruta.
Perdido entre pastizales color cobre está medio escondido, un pequeño nicho rodeado de banderas rojas y en el centro una cruz y la estampa del gauchito gil, un santo; un renegado que la historia no lo llevó al olvido gracias a la labia de los lugareños.
Parecía repetirse cada tantos kilómetros, es decir si no prestabas atención parecía el mismo, pero todos tenían sus leves diferencias, distintos tonos de rojos y distintos tonos de abandono, algunos tenían una foto, otros una placa conmemorativa
No recuerdo de donde o como salió este nuevo santo, oh todos parece que renovamos nuestros depositarios de la fe y a quien endilgarles nuestras frustraciones.
Cuando era chico recordaba a la difunta correa, que también tenía nichos con fotos estampas y muchas botellas con agua, agua sucia, turbia intomable para satisfacer una sed que nunca más se iba a poder satisfacer.Fue lentamente olvidada y borrada de la ruta, sus muertos ya no importaban tanto, y los dolores de las pérdidas se las llevó el viento o fueron quemadas por el sol del eterno verano, no se sabe. Tal vez simplemente descastada por el machismo de los nuevos santificados, no sé sabe.
Los santos ruteros y las rutas abandonadas eran como el idilio perfecto, no existe uno sin el otro y al revés.
El sol recalentaba la chapa de mi viejo auto, el aire acondicionado era un bien inexistente y la radio funcionaba cuando quería, ni bien te acostumbrabas al silencio se escuchaba un chisporroteo y de repente una cumbia te retumbaba en los oídos, o una chacarera, todo dependía por cual pueblo pasabas  en ese momento.
No sé muy bien por qué me detuve ahí, no creía que iría a encontrar ayuda. A veces la suerte sólo se termina y punto, uno debe saber seguir su camino y ya. Mi suerte había terminado hace mucho, mucho tiempo y me di cuenta de ello cuando la conocí a ella, ese fue el click, una avalancha que destruía todo a su paso, incluido a mí.
Era un paraje desolado, no había ni un árbol para tomar sombra ni se veía ningún ser vivo en cien metros a la redonda, el silencio era absoluto, nada se movía, nada hacía ruido. No sé cuánto tiempo había pasado desde que apagué el motor, esperando, esperando algo, cualquier cosa, una señal, no sé. No creía que alguien pasara no por ahí y menos a esa hora no en esa zona, el calor te hacía meter dentro del rancho y salir cuando el sol se pusiera, le temen al sol y la sequía, sabían con quien peleaban todos los veranos.
Todo tiene su final, y este es el mío. Todo parece que  funcionara como en cámara lenta, observo todo desde un lugar lejano estoy y no estoy. El sol en la chapa, el chisporroteo en sordina de la radio, no se mueve un alma en el camino, las banderitas rojas del altar rutero inmutables, todo parece detenido; esperan, algo, no se sabe; alguien; el asfalto levanta un vapor caliente y opresivo, mis pantalones están pegoteados por mi transpiración.
En ese momento supe que no había más camino ahí adelante, que era una pérdida de tiempo seguir corriendo. Saqué un cigarrillo de la guantera y lo encendí, mi mano izquierda seguía en la ventanilla apoyada tranquilamente como si fuera un taxista acostumbrado a los embotellamientos de la capital, con el otro fumaba lentamente. Fueron cinco minutos en los que no pensé en nada, cinco minutos de puro placer por el tabaco o los recuerdos que a veces enlazo con un cigarrillo, por ej.: ese cigarrillo de después de cenar opíparamente o el post coital a la madrugada con la luz de la luna llena entrando por la ventana, o el primer cigarrillo de mi vida, a escondidas de mi viejo, asustado por la paliza que podría recibir no por fumar sino por robarle a él los cigarrillos.
Tiré  la colilla por la ventana, no me importa nada, todo es fuego en esta vida, fuego o hielo depende de cuán muerto camines por ella. Con la mano libre me toqué el costado derecho sobre las costillas, el dolor se hacía insoportable por momentos, mis dedos estaban llenos de sangre. La cosa había empeorado desde que agarré la ruta.
Como no tenía muchas cosas más que hacer o mejor dicho nada más que hacer, me prendí otro cigarrillo, total no creo que sea la nicotina lo que me vaya a matar. Estaba en ello cuando escucho dos voces un hombre y una mujer, discutiendo, miro para adelante y no los veo, miro por el espejo retrovisor y sí, ahí están detrás del auto, un gaucho y una mujer vestida con un vestido que parece viejísimo, ella misma parece viejísima y su piel está completamente reseca como si hiciera siglos que vagara por esos parajes. Hablan a los gritos y señalan mi auto, no escucho lo que dicen, no creo que sea yo el motivo, era un completo desconocido por esos lugares, estaba totalmente de paso huyendo de un pasado y de un futuro, triste y solitario. Siguen señalándome.
La discusión era cada vez más fuerte, pero de repente dejé de escucharla me concentré en el cigarrillo hasta que le dí la última pitada, tiré nuevamente la colilla por la ventanilla, fue ahí que escuché el silencio más absoluto y me di cuenta que el dolor de mi costado había dejado de molestarme.

Mientras, vi por el espejo retrovisor cómo uno de ellos se acercaba lentamente al auto.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Carnavales de pueblo

Cuando uno vive en un pueblo chico no hay muchas cosas para hacer, y generalmente nos conocemos todos, todas, sabemos o parloteamos de las miserias de todos, con justo derecho, el derecho de ser vecino, conocido, pariente de alguien cercano, porque simplemente nuestros padres se han conocido, porque en un pueblo es así, nuestros padres se ahn cruzado en algún trabajo, en la escuela o porque hay tontenado con la prima, amiga de la novia, prima o hermana de la que merece nuestros más acérrimos chismorreos
Hablamos de las miserias, de los logros, si también pero eso no es divertido, eso no lo hablamos, no vale la pena pararse de camino al almacén para contarle a nuestra vecina lo bien que le va o la suerte que ha tenido en la vida fulanito, menganito o don perez, lo hablamos, pero de pasada sin darle importancia, como para demostrar que lo charlamos porque…porque se debe charlar, todo se debe charlar, pero lo mínimo imprescindible para que no se denote la envidia, ni el enojo, sí; enojo porque a ese, esa vecina le va tan bien y nosotros, oh nosotros pobres trabajadores, buenos cristianos vivimos en la lucha constante y nunca tenemos una recompensa.
Cuando uno vive en un pueblo no tiene muchas diversiones, por eso tenemos el chismerio, cuando uno vive en un pueblo, no tiene mucha vida social, no es que haya teatros, cines, bares para ir a tomar el té de las cinco, las señoras o el vermouth los señores antes de volver a cenar a sus casas, junto a sus perfectas familias. No, no hay mucho qué hacer, salvo trabajar, criar lo mejor posible a los hijos, hacer la cena, todas las noches, esperar al marido que vuelva de trabajar.
No nos queda otra que charlar, hablar discutir y debatir de lo que más conocemos, de nuestros vecinos, porque inevitablemente, como dijimos antes, todos; en un pueblo todos nos conocemos
Cuando uno vive en un pueblo, los chicos juegan a la pelota, las chicas a las muñecas, los que son un poco más grandes ayudan a sus padres, los chicos a las tareas propias de un hombre, y las niñas a las tareas propias de una ama de casa, incoscientemente te van preparando para lo que será tu vida, una copia fiel de lo que fueron, de lo que son sus padres.
La rutina de los días se hace eterna y nos va hundiendo en la desesperanza de los días venideros, nos hundimos un poco más en la mediocridad en el hacer cotidianos como autómatas, no pensamos, dejamos de sentir, vamos viviendo adormecidos de otras realidades, no nos importa nada más que el puchero que está en el fuego, que no sea nuestro marido el que se esta acostando con la vecina, que el horror y la deshonra o la desgracia no nos toque de cerca, vivimos por y para el día a día.
Esta rutina es rota una vez al año, quiebre esperado por todos, aunque renieguen por salirse de la costumbres diarias, porque sí, porque nos gusta y no nos gusta, una vez al año, la rutina se quiebra, pero en otra rutina que tiene aires de novedad, siempre renovados pero que con el tiempo se incluye como una rutina más de la forma de vida que se tiene en un pueblo.
Durante cinco días, viene la novedad envuelta en cumbias y olores a choripan, durante cinco días los chicos tienen permitido acostarse más tarde, y las mujeres muchas veces escapan a la obligación de hacer la cena. Durante cinco días se instalan los carnavales, que no son otra cosa que una gran nada bañada de la espuma del rey momo, enigmatico rey que nadie ha conocido, salvo por la foto del tarro de espuma, deleite y perdición de los chicos, que gritan y lloran para que sus padres les compren, uno dos, los que hiciera falta para correr y empaparse en esa nieve falsa, artificial, como muchas cosas que pasan en un pueblo y sobretodo en tiempos de carnaval.
Durante el carnaval, las mujeres se ponen sus mejores vestidos, altos peinados y sacan a relucir ese lápiz labial que secretamente habían comprado por encargo como si fuera un producto prohibido, y que luego nunca se animaron a usarlo porque para ir al almacén no te vas a estar maquillando las vecinas se podrían pensar que sos una casquivana una cualquiera que anda en búsqueda de problemas, entonces no, mejor no, se guardar hasta que se tenga una buena oportunidad, tal vez un casamiento, ese primo lejano que está en edad de casarse y que aún no lo ha hecho tal vez este año, tal vez pueda usarlo.
Días de fiesta donde todo el mundo se cruza en las dos cuadras de pueblo que hay, el escenario frente al palacio municipal donde esta imponiendo respeto el señor intendente, junto a su mujer, claro esta una mujer siempre debe acompañar al hombre y más en estos eventos públicos e importantes en la vida social, algunos concejales, y el presentador que habla a voz de grito cosas que nadie escucha, la gente no va a escuchar lo que dice el boludo, sí, porque es un boludo, que dice una sarta de boludeces, nadie presta atención, la gente va a ver, la gente va a acopiarse de información, a recopilar material, la gente va a estudiar caras, vestimentas, estilos, va a ver esas personas que les son esquivas durante el año, esas pocas personas que no se meten con nada ni con nadie, son como los grandes ausentes, hacen al pueblo, pero el pueblo no sabe mucho de ellos, por eso doña Angela, doña María va a ver, a mirar, a memorizar a todos aquellos que durante el año se les escapa como agua entre los dedos. Memorizan para tener alimento, de ese que no se consigue en el almacén o en la panadería, el alimento de un pueblo es de otra consistencia, otro origen, y es tan importante como el kilo de pan que compran todos los días luego de dejar sus hijos en la escuela y se van presurosas a hacer el almuerzo. En los carnavales de pueblo todo el mundo esta, todo el mundo va a disfrutar de la fiesta de verse en los otros, del saludo, de cruzarte con ese compañero de la escuela, y que desde que se casó no lo viste más, es tiempo del vermouth o de la cerveza entre los amigos mientras las mujeres atienden a los hijos y los reprenden por correr entre las señoras, por perseguir chicas, pequeño comienzo de la vida adulta, comenzás corriéndolas en el corso, cuando sos más grande las sacás a bailar y cuando te diste cuenta, te casaste y tenés dos hijos, tres, cuatro o por qué no? Cinco, y trabajás todo el día para que tengan un buen alimento, que se eduquen correctamente, y que empiecen a correr ellos mismos nuevas chicas en los carnavales, por que la vida es una cadena que nunca se detiene, nunca…
Nunca se detiene, y sabés que el próximo año vendrán otros cinco días, otros días de carnaval donde no te importará lo que suene por los parlantes, donde observarás con cuidado a tus vecinos, los de todos los días y aquellos esquivos que se nos escapan de la mirada diaria, la vida es una rueda incluso con los carnavales de pueblo.

miércoles, 21 de abril de 2010

La higuera

Recuerdo aquel verano del 88 yo tenía unos 9 años, mi prima unos 10, creo, no estoy segura, sé que era mayor que yo, pero ha pasado tanto tiempo que no recuerdo si eran unos meses o unos años mayor. Mi abuela nos tenía poca paciencia, creo que lo único que ella quería era tener una vejez tranquila en vez de andar cuidando a dos chiquillas terribles, la verdad es que nosotras amábamos a nuestra abuela, pero su casa nos brindaba infinidad de posibilidades de travesuras. Pasábamos los días con ella, ya que nuestros padres trabajaban todo el día y no teníamos quién nos cuidara, a veces nos íbamos por semanas enteras a la casa de la abuela en los meses de verano, sin escuela teníamos todo el tiempo libre para nosotras.
Las tardes eran calurosas, y las siestas largas que nuestra abuela nos obliga a tomar, pues a ella le encantaba recostarse luego del almuerzo a escuchar su programa preferido de la radio y como desde su habitación no podía cuidarnos, nos encerraba en la habitación para que durmamos nosotras también.
La casa de mi abuela era grande, con techos altísimos y grandes ventanas de madera, en el parque del fondo tenía varias plantas frutales, con mi prima jugábamos a la mancha entre las plantas para horror de mi abuela, ya que siempre nos estaba gritando que nos íbamos a lastimar con alguna rama baja de los árboles de naranjos o de ciruelos.
Como buenas chicas salvajes que éramos, nos encantaba jugar con barro, correr, jugar a la pelota con los chicos del barrio y por sobre todas las cosas, nos gustaba treparnos a los árboles.
Había un árbol, uno sólo el que teníamos explícitamente prohibido subir, por la gran altura, y era el que más ansiábamos escalar en las siestas cuando nos escapábamos por la ventana de la habitación, la higuera. Tenía más años que la casa, estaba desde antes de que construyeran, los higos que daban eran los más deliciosos del barrio, más que los de cualquier verdulería de la zona, porque tenían el sabor de la aventura, los más ricos siempre estaban en lo más alto. Con mi prima apostábamos para ver quien subía más alto y alcanzaba los frutos más ricos.
Cuando mi abuela terminaba de escuchar su programa, de dormir la siesta en realidad porque siempre luego de los 10 minutos de escuchar como prendía la radio y de sentir el rechinar de los resortes de la vieja cama de hierro, se escuchaba inevitablemente sus ronquidos, llave para que nosotras nos escapemos sin peligro a ser escuchadas; cuando mi abuela despertaba y veía los higos en la cocina su cara se transformaba y nos gritaba que la higuera era peligrosa, nosotras nos reíamos, lo hacíamos siempre, el treparla y bajar los higos era un juego más para las intrépidas primas que a todo se enfrentaban, a los resoplidos de nuestra abuela no hacíamos más que poner caras de contritas y jurar que no lo volveríamos a hacer, pensando en el día siguiente volver a treparla, no le hacíamos mucho caso a ella, hoy me doy cuenta de lo importante que es hacerle caso a los mayores, pero en ese momento nos creíamos inmortales.
Una tarde, como tantas otras, escuchamos a la vieja cama de resortes de mi abuela, la radio encendida y la respiración lenta y acompasada de mi abuela durmiente. Salimos como todas las tardes a esa hora, por la ventana y nos dirigimos a la higuera. La otra tarde habíamos visto desde la base unos higos maduros casi en la cima del viejo árbol, y nos prometimos con mi prima a bajarlos, éstos estaban mucho más altos de lo que solíamos subir, pero en ese momento no nos importó mucho.
Comenzamos a trepar, y trepamos y trepamos y a medida que lo hacíamos nuestra bolsa de motín se llenaba más y más, sin haber llegado a lo alto más alto todavía, estábamos en una rama, y cuando vi hacía abajo, vi todo lo que habíamos subido, y hoy puedo admitir que tuve miedo de la altura, pero en ese momento sólo dije que mi bolsa estaba muy llena de higos como para seguir subiendo, y le dije a mi prima que yo bajaba, a lo cual ella, pinchándome me contestó “cobarde!”, pero esa vez no me importó lo que dijera, yo bajaría igual, y así lo hice, ella se quedó sentada en la rama viendo hacía arriba, viendo como seguir subiendo.
Yo no ví lo que pasó, o no lo recuerdo, sólo recuerdo ver una mancha que pasó veloz cayendo en caída libre a un costado mío, tampoco recuerdo haber despertado a mi abuela, ni lo que pasó luego.
Lo único que recuerdo es que pasó mucho tiempo para que volviera a la casa de mi abuela, y cuando volví, la higuera no estaba más; había sido serruchado su tronco al ras del suelo, y mi abuela parecía cien años más anciana, no sonreía como antes lo hacía y ya no escuchaba más radio en las tardes calurosas del verano.

lunes, 15 de junio de 2009

Aiké y Pikú

Aiké era un pequeño zorro gris, Pikú era un tatú carreta o mulita, un peludo, como quién dice, si bien estos tres animales son distintos, se les llama así indistintamente, Aiké y Pikú eran amigos, inseparables y de los que hacían más travesuras, ambos vivían cerca del puesto de guarda fauna en caleta, para desgracia de germán y para diversión de Inés, ambos guardas que se turnaban los días de la semana.
A Aiké y Pikú les encantaba hacer renegar a Germán, se metían en la caseta mientras el recorría la costa revisando las distintas poblaciones de lobos marinos y le escondían los implementos del mate, le roían los informes que luego tenía que presentar en la jefatura, con mucha vergüenza, todos mordisqueados, le apagaban la radio. Las mil y una le hacían y mientras Germán renegaba y gritaba por las visitas insolentes, Aiké y Pikú se reían a costilla suelta, tanto que Pikú, se caía sobre su lomo y luego no podía darse vuelta por su caparazón, entonces entre risas y risas Aiké tenía que socorrerlo y salir corriendo porque Germán los corría con la escoba.
Muy distintos eran cuando los días de guardia estaba Inés, la dulce guarda fauna que siempre tenía un mimo para ellos, los tres se sentaban al solcito, Inés con mates miraba al atardecer y ellos se quedaban a sus pies, escuchando como Inés les contaba historias de otros lugares, de grandes animales, de viejas épocas y también cuando la nostalgia invadía el corazón de Inés, les contaba de su vieja casa a muchos, muchos kilómetros.
Cuando era temporada de turistas, la panzada que se hacían Aiké y Pikú!
Pues mientras que Aiké que era el más artista de los dos, se pavoneaba delante de los turistas, y removía por el aire su gran cola gris, y hacía caras cada vez que sonaba un flash, todos los turistas se quedaban embobados con él y sus dotes de artista, Pikú, aprovechaba que todos estaban distraídos y él se subía a los autos y robaba comida, galletitas, papitas saladas, latas de gaseosa, lo que pudiera cargar en uno o dos viajes, todo desaparecía, todo lo que sea comestible, y se lo llevaba al escondite que los ladrones tenían ahí cerquita. Cuando no quedaba nada más que robar, Pikú le hacía una seña a Aiké y dando a entender que se había cansado de la gente echaba a correr, sin saber los turistas que habían sido presa de un vil engaño.
Mientras a Germán estas andanzas le molestaban, porque pensaba en los turistas estafados, Inés se divertía ante las inteligentes ocurrencias de estos dos ladronzuelos. Por eso a Germán le hacían lo que le hacían, mientras que adoraban a Inés, porque la habían tomado de cómplice en sus aventuras.
Cuando los turistas dejaban de ir, por no ser temporada, Aiké y Pikú pasaban sus tardes en la caseta del guarda fauna, siempre que estuviera Inés, al lado de la estufa, mientras ella tomaba mates ellos se arremolinaban al calor de las llamas, dormían largas siestas, soñando nuevas travesuras para cuando lleguen de nuevo los visitantes.

sábado, 28 de marzo de 2009

El hombre gato

Nunca supe si realmente existió si sólo alguien se apropió del mito y nos jugó una mala pasada, pero lo cierto es que ese verano, todo el pueblo adoleció de las andanzas del hombre gato.
Algunos decían que lo habían visto, otros que le contaron quienes lo habían visto de verdad, lo cierto es que nadie dio nunca una descripción certera del mítico personaje, decían que era un hombre con una piel sobre los hombros, con garras de metal, otros decían que realmente era un ser sobrehumano de dos metros de altura y garras larguísimas y afiladas.
Acechaba en la oscuridad, sus noches de ronda eran las noches sin luna, se escondía en las sombras oculto en los follajes tupidos de los árboles, en los zaguanes oscuros de las casas de las afueras, algo que siempre fue cierto es que nunca se adentro a lo que es el centro del pueblo, siempre en las afueras, en donde la distancias entre casas eran considerables.
Sus victimas preferidas eran las mujeres jóvenes, una noche de invierno, una salía del hospital donde trabajaba de enfermera, la noche era oscura y fría, no había un alma en las calles, vivía en las afueras de la ciudad, el viento soplaba, y le hacía escuchar cosas donde no las había, pero cuando las sombras de un enorme sauce que caían sobre la calle, la cubrió por entera, encontró qué era lo que hacía ruido. Fue encontrada a la mañana siguiente, con la piel de la cara hecha jirones, producto de rasguños feroces de un animal enorme, en estado catatónico, nunca pudo decir qué era lo que la atacaba, aún sigue en un internado para personas desahuciadas, duerme todas las noches con una luz prendida.
Otras de las historias que circularon por ese tiempo, fue del encuentro que tuvo con un sereno que antes del amanecer se cruzaba todo el pueblo hasta llegar a su casa desde la fabrica abandonada que cuidaba todas las noches hasta el amanecer, tal vez lo que lo salvó a él era la bicicleta vieja que usaba para recorrer esas distancias, o tal vez nunca se lo cruzó, y se inventó la historia para ganarse unas grapas gratis en el bar donde solía pasar las noches que no trabajaba, la cosa es que según su historia, no era un ser sobrenatural, sino un hombre alto, con guantes con garras de metal agregadas, según él lo pudo ver bien, cuando huía en su bicicleta, pasaron debajo de la luz de una farola, gracias a su rapidez con los pedales, el hombre gato no lo alcanzó.
Lo último que escuchamos de él fue la persecución de la que fue objeto por parte de la policía en la zona de las quintas, según cuentan fue perseguido pasando por los fondos de las casas, arruinando parques y campos por las ruedas de los patrulleros, fue perseguido durante horas, él saltando por techos, árboles, tratándose de esconder en las sombras, y los patrulleros sin darle tregua fue perseguido por horas, hasta que fue arrinconado en el patio de una casa, por un momento no vió escapatoria posible, pero cuentan que rasguñando paredes se subió al techo y de ahí salto al terreno baldío de al lado de la casa, escapándose por poco de la policía que aún estaba en el patio de la otra, tratando de subirse al techo.
Ese fue el único verano que supimos del hombre gato, fueron solo un par de meses, pero que tuvo en vilo a toda la población, el encuentro y la carrera contra la policía pareció hacerlo desistir de seguir merodeando o tal vez buscó otro pueblo donde esconderse en las sombras acechando a posibles victimas.
Lo cierto es que mentira o verdad, muchos de los niños en esa época hicieron especial caso a sus padres, ya que estos no tuvieron mejor idea que asustarlos con las garras del hombre gato.

jueves, 12 de marzo de 2009

Dos gatas muy señoronas

Cleopatra y Lulu, Lourdes María cuando su dueña se enojaba con ella, son los nombres de las gatas que vivían en el piso de abajo de mi departamento, siempre tenía noticias suyas y de sus aventuras por su dueña, además que a veces solían ir a visitarme a la tarde y de paso se fijaban si yo tenía algo para ellas, pues como conocía sus gustos y sé que son un poco golosas siempre tenía preparado algunos caramelos, de esos para gatos que se venden en las veterinarias o en los supermercados. Eran dos gatas muy señoronas y mononas que siempre se estaban metiendo en líos; gatunos, por cierto. Que se podía esperar de dos gatas no?.

Cleopatra eran la más señorona de las dos. Su piel brillosa y de varios colores se asemejaba a veces a una torta marmolada recién sacada del horno, pues cuando la tocabas, si es que eras de la suficiente confianza para que te dejes tocarla, era calentita al tacto y si además de ser de confianza, te tenia aprecio comenzaba su ronroneo para demostrarte que eras realmente de su agrado.

Muy pocos tenían ese privilegio, yo era uno de aquellos, pocos, contados con los dedos de una mano, de la cual sobraban varios dedos. Aunque también ella tenía que estar dispuesta y con ganas de que la acaricien, pues sino por más cariño y afecto no se dejaba tocar por nada del mundo. Tenía sus días como todos.

Se pasa todo el tiempo durmiendo en el sillón del living con porte distinguido, siempre mirando de soslayo todo aquello que no le llama la atención. Cabe aclarar que casi nada la sustraía de su mundo, ni de sus siestas, ni de sus aseos matinales que con tanta parsimonia realizaba delante de todos como si nada le importase. . Para ella, su pelaje era lo más importante y lo cuidaba con esmero y meticulosidad. Para que brille más se pasaba lamiéndose y relamiéndose todas las tardes. . Era realmente una señora de alcurnia hasta el aseo lo hacía con tal distinción que parecía una gata de raza.

Salvo, claro está, las aventuras en las cuales se metía Lulu. Siempre con ojo avizor la vigilaba, temiendo que un día de estos se meta en algo que no pudiera salir invicta. Siempre que iba a visitar a mi vecina, la encontraba a ella en su sillón preferido, un viejo sillón de un cuerpo mullido y con el tapizado todo roto, por los años de uso de los humanos y recientemente por los arañazos de su nueva y única propietaria. No dejaba que nadie osara usar su sillón, pues había descubierto que era el mejor lugar de todo la casa para mantener sus uñas siempre afiladas y con el largo correcto. Siempre es bueno estar bien preparado para un buen ataque o una buena defensa.

Lulú siempre estaba en el medio de una aventura o por comenzar una nueva. Lulú era la más joven de las dos, además de ser la hija de Cleo. Un pequeño desliz de su juventud se podría decir, pero a pesar de ello, Cleopatra caminaba con la cabeza bien alta no le importaba ser una “ madre soltera”. No tomaba en serio ninguna insinuación de nuestra parte. Ante la menor mención, nos miraba con desprecio indiferente.

Por ser la más joven, y tal vez por ser una gata sin padre, era Lulú la que se metía en líos y su mamá iba por detrás para salvarle el pescuezo.

Aunque era la hija eran muy distintas entre sí. A ella le encantaba la aventura, correr por todo el departamento. De vez en cuando, desde mi piso se escuchaban ruidos de vidrios rotos, y luego la voz de mi amiga “ Lourdes María” a voz de cuello, pero no en un tono muy serio, será por eso que Lulu hacía lo que quería, porque su dueña se lo permitía. Eran del mismo color, Lulu con un poco de colores más fuertes que Cleo, pero la misma belleza de pelaje. Pero eso sí no la podías confundir con una gata de alcurnia, era bastante torpe en sus movimientos y un poco brusca, tal vez eso lo heredó de su padre; un patán si hogar, sin lugar a dudas, pues nunca se hizo cargo de su hija. Por más que intentase parecerse a su madre no lo lograba, la podías ver caminado toda erguida, la cabeza en alto, la cola bien respingada y cruzando sus patas delanteras con mucha gracias, pero a los dos minutos la veías despatarrada en el suelo por haberse enredado en sus propias patas, su caminar era bastante desgarbado, apresurado, siempre corriendo para ver, para oler o para tocar algo que se le había escapado hasta ese momento. Todos los días descubría algo nuevo. Un ventana que estaba cerrada y ahora estaba abierta o al revés, una arañita en el patio interno, una hojita nueva de la planta del macetero, que prometía ser deliciosa.

Su dueña no podía sacarle los ojos de encima, pues tal cual un niño, la dejabas sola dos segundos y zas! Estaba arriba de la mesa tratando de tirar las velitas perfumadas que la adornaban o sino, desde el piso tratando de enganchar con sus uñas el camino de crochet tejido por la nona tanto tiempo atrás, o jugar con el cable de la plancha mientras planchaba su mamá postiza.

Siempre se metía en embrollos, de algunos salía solita, pero otras veces pedía socorro a su madre que la miraba desde el sillón. En otras muchas menos las descubrían infraganti a las dos.

Pero casi siempre salían invictas de todo problema, no así las cosas que se cruzaban en el camino de sus aventuras, a veces un jarrón otras un vidrio de la ventana, o las medias o hasta los sacos de su dueña. Su dueña feliz y un tanto preocupada me mostraba cada vez que iba los “trofeos” de sus gatitas. Pero a pesar de los embrollos en que se metían, ella las quería como sus hijas y como tal las mimaba.

Una vez que pasaba por allí a visitar a las integrantes de la familia y de paso, tomar algunos mates, mientras nos poníamos al día de las novedades del barrio. Así fue como me enteré de la historia del jarrón de la abuela, que después de muchos años de vida en la familia, y de guardar la margaritas de la abuela que le regala el abuelo en sus años mozos, y las rosas que el padre le regaló a la madre en los tiempos de noviazgo, mientras le robaba besos en el zaguán. Jarrón que gracias a las nuevas integrantes, paso a retiro obligatorio, jubilación obligatoria o como prefieran llamarla.

El jarrón era en cuestión, un reliquia de la familia, que había pasado de la abuela, a la madre y ahora a la hija, y esta a su vez pasárselo a su hija en su debido momento. Pero eso ya no iba a ser posible, mucho no la entristeció, por cierto, era un jarrón bastante feo, y si lo usaba es porque lo tenía, lo que más le preocupaba era como le iba a decirle a su madre su desaparición del la familia, siempre le estaba preguntando si lo usaba. Era mucha más importante para su madre seguir la tradición que ella misma.

Resulta que un día, Lulu estaba jugando con el camino, tejido a mano, que estaba sobre la mesa del comedor y sobre éste, el jarrón con algunas rosas que le había regalado su prometido, pero Lulu no podía saber qué era lo que había sobre el camino, a ella le encantaba jugar con ese camino, era todo caladito, hecho al crochet, con mucho cariño y regalado para adornar la casa nueva, hacia ya tiempo por la nona.

A Lulu le encantaba porque cada vez que le daba un zarpazo con sus pequeñas patitas delanteras, el problema o en realidad lo más divertido para ella, eran que sus uñas se enganchaba en el tramando del tejido, y con pericia felina ella las desenganchaba, hasta que por intromisión de Cleopatra, que seguramente hacía rato que la venía vigilando y tratando de sacarla a ella también se le engancharon las uñas en el tejido y al tirar ambas a la vez tratando de sacar sus uñas, el jarrón fue historia.

Hace ya tiempo que no paso por el primer piso, no veo a las gatas hace mucho, también he notado que ellas no han venido a buscar sus golosinas por días. Me sorprende que tampoco escuche a su dueña ni regañarlas, ni hablar con ellas como a veces solía hacer.

No sé que les pasó, pero cuando tenga tiempo bajaré las escaleras y mientras tome unos mates o un café con Ana, ese era el nombre de la dueña de las gatitas le preguntaré por el silencio de Cleopatra y Lulu.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La negra

Qué les puedo decir de la negra? Qué? Para que la conozcan, para que realmente la conozcan, no sabría por donde comenzar
La negra era una Aberdeen Angus de pura cepa, lustrosísimo su pelaje, pero qué decirles, ella nunca se pensó como vaca y menos como animal salvaje, mi niñez estuvo marcada en parte por los caprichos de esta vaca loca que había adoptado a mi madre, mi madre! Como suya propia y de nadie más, claro que parte de la culpa de este robo fue mi misma madre, ya que la crió desde ternerita, dándole todos los gustos como a cualquier hijo primogénito. Celos? No, yo amaba a esa vaca, salvo cuando me hacían buscarla por todo el barrio porque la descarada se soltaba y se iba de parranda, robando flores a todos los vecinos. Sí yo la amaba, mis vecinos no tanto.
Uno piensa como termina con una vaca como mascota? Claro, esa es la parte más fácil de la historia, el comienzo y como todo buen cuento que se lo precie, este comenzó una fría madrugada de invierno, fría y lluviosa, con esa agua helada que cala los huesos y hiela hasta el alma, mi tío que en ese entonces trabajaba como matarife, cuando le llegó el último animal para sacrificar se da cuenta de que estaba por parir, y la vaca como sabiendo su destino, pare ahí entre las piernas de mi tío, que al ver a la ternerita tan chiquita, tan indefensa y tan huérfana, lo esconde hasta que termine su horario, y así en medio de la lluvia, el viento, el frío nos golpea la puerta para ver si teníamos algo de leche para poder alimentarlo, cosa que terminó haciendo mi madre ante la inutilidad de mi tío para esos menesteres.
La negra nos proveyó de leche durante muchos años, mi madre, vieja experta en el arte de ordeñar vacas, era la única que podía ordeñarla ella venía de una chacra de vacas lecheras y se encargaba de todo el reparto a todo el pueblo, si, mi vieja y sus hermanos menores, tal vez tener a la negra la hacía reencontrarse con esa parte de su pasado, tal vez la ponía nostalgiosa y feliz, o simplemente al igual que yo, le gustaban todos los animales. Como les decía leche y todos sus derivados toda mi niñez, leche fresca pura sana, nada de lo que a hoy se le dice leche.
La negra, hacía lo que quería, se escapaba, se iba de paseo a la hora de la siesta aprovechando que el ojo avizor de mi madre descansaba, con mi tenían una relación muy particular, creo que ni siquiera le faltaba hablar, con mi vieja ya habían pasado esa instancia de la comunicación verbal.
Recuerdo que una de sus comidas preferidas era la chala del choclo, cosa que yo odiaba pelar, esos pelitos rubios que quedaban entre grano y grano, eran muy difíciles de sacar, y tenías que tener tal pericia para sacar todo de una, que muy pocos la tenían, mi madre entre ellas, la cuestión era que apenas vernos en el fondo del patio, con dichas chalas en las manos, la negra comenzaba una carrera desenfrenada hacía su dulce preferido, carrera que puede asustar hasta el más valiente de los gauchos, imagínense a dos niñas de 8 y 9 años, edades mía y de mi hermana, si nos habrán retado porque nos asustábamos de la negra, en ese momento admito, no la quería tanto a la negrita. Era una vaca de unos 400 kg, era un volumen bastante importante capaz de asustar a cualquiera en un galope desenfrenado.
Era desobediente, pero entendía perfectamente cuando mi vieja hablaba con tono firme, sabía hasta donde tiraba la soga, y no precisamente la que la mantenía atada. Era pícara, sabía a quien hacer mimos, topetones y cabezazos para que le den agua fresca y la mejor chala de todo el maíz y antes que al resto de los animales, ya que sabía que el animal que comía antes podía comer más, como dije, era un animal inteligente.
Gracias a la negrita salimos en los diarios y en el noticiero local, tremendo susto que nos dimos, cuando se cayó a un pozo, varios decían que estaba quebrada en el fondo, que no iba a poder salir, pero pudo, pudo, tenía una fuerza de voluntad increíble. La ayudaron los bomberos, luego de varias horas de trabajo de poleas, palancas y fuerza de todo el cuerpo de bomberos, pudo salir.
Qué alegría que teníamos nosotros!, yo lloraba preocupada, pensando en que de esta no se salvaba. Mi madre otro tanto, lo peor desde el borde del pozo, le hablaba, la tranquilizaba, y hasta la retaba por andar soltándose y metiéndose en líos, la retaba como una madre reta a su hija que se portó mal, la vaca le contestaba desde la oscuridad, creo que si salió fue por la fuerza que le transmitió desde el borde.
Los años pasaron y la negrita cada vez más desobediente, no le hacía caso a nadie y mi madre envejeció, ya estaba cansada de andar detrás de semejante hija descarriada.
Con dolor, y llanto de parte de nosotras, las hijas, se llegó a la conclusión de que no podía estar más con nosotros, el barrio había crecido, ya no había tantos espacios verdes para que ella pastara, los vecinos, se molestaban cada vez más seguido con los robos de las flores, nosotras con el colegio no teníamos tiempo para cuidarla, mi mamá esta ahora con mi hermana menor, una bebé de meses, a la cual para colmo de males, la negra tenía entre ceja y ceja por robarle el amor de mi vieja, celos como nunca se habían visto.
Llegó una mañana, en la que un camión la vino a buscar, casi de madrugada, como escapándole al tiempo, la negrita se fue a pastar a campos más vastos donde nos prometieron la libertad de una vida tranquila en el medio de praderas verdes, donde su única obligación era cuidar de sus terneros.
Y así se fue de nuestras vidas a una vida mejor, rodeada de verde y de sus hijos.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Glicinias en flor

El verde del césped estaba brillante, tan brillante que parecía que hubiera esmeraldas esparcidas por todo el patio. El sol brillaba intensamente, el día tenía ese dorado indefinido de los recuerdos amorosos de la niñez.
Recuerdo la casa, aún cuando paso por su puerta, la sigo viendo como era antes, mucho antes, cuando la inocencia de una niña no estaba corrompida por la dureza de la vida, ni las tristezas de la existencia, cuando aún buscábamos en las sombras de la luna, míticas figuras, sí incluso creíamos que era de queso.
La mesa enorme en el patio era el encuentro obligado de toda la familia, en los días calurosos, el verano sin lugar a dudas era mi mejor temporada, porque no tenía clases y pasaba ahí todo el día, la mesa, las sillas, siempre ocupadas con tías, tíos, sobrinos, primos. El mate era lo que más se compartía en ese momento, el mate, nuestro símbolo de unidad, de familia, de la charla amena, de las risas y del intercambio ameno y familiar.
Yo adoraba pasar todas las mañanas ahí, y no sólo porque en el fondo tenía una enorme higuera, sino porque era la casa de mi abuela, todos los días pasaba y esperaba ansiosa que me regalara con sus buñuelos de membrillo, pero el trato era que yo le hiciera los mandados, y cuando no tenía nada que necesitar, siempre me estaba ofreciendo para traerle el pan o la carne.
Mi abuela era una mujer dura, con una vida dura, una mujer fuerte, que tuvo que serlo debido a las circunstancias, mi abuela era una persona fuerte, de ella emanaba una luz que enceguecía, era mi luz.
Su casa era vieja, su casa ya le quedaba enorme, pero era suya ganada a fuerza de pulmón, era su casa y la de todos nosotros. Sus hijos, sus nietos.
Era el punto de reunión de todos, nuestro refugio.
Y la mesa, la enorme mesa del patio, debajo de las glicinas, uno de mis mejores recuerdos son las glicinas en flor y la familia reunida almorzando, cenando o simplemente tomando mates.
Las glicinas y mi abuela, están juntas en mi memoria, es mejor recordar eso que otros recuerdos no tan buenos ni tan lindos, pero que sin embargo hacen mi historia.
Siempre que veo una glicina, me vuelve como oleada la presencia de mi abuela y agradezco a la naturaleza por esta simple relación, no digo que necesite ver a una glicina para recordarla, tengo millones de cosas que me la recuerdan, esto es simplemente una más.
Las glicinas en flor, su perfume, la mesa, la casa de mi infancia y mi abuela, siempre mi abuela

miércoles, 30 de enero de 2008

Domingos de Faena

Los domingos de faena eran días de fiesta en el barrio, todo el mundo se levantaba temprano, sabiendo que se necesitaba su ayuda, y sabiendo además que tal ayuda iba a ser recompensada y bien pagada,

Empezaban a caer los vecinos con los primeros gritos del animal, siempre el cerdo pesaba alrededor de 150 a 200 Kg., eran siempre bestias imponentes, criados para tal fin, sabiendo cual iba a ser el fin de su existencia desde el momento de ser paridos. Eran días de fiesta, menos para el pobre animal, eso queda clarísimo.

Los niños se dividían en dos bandas, las niñas que se tapaban los oídos para no sentir los chillidos desgarradores de los últimos minutos de vida, y los niños que correteando se mezclaban entre las piernas de los mayores para ver si podían ayudar en algo, aunque sea alimentando el fuego que tan necesario era para pelar al enorme animal.

Pero antes debía ser colgado, atado fuertemente para que no se cayera y lo más importante debía ser matado de un golpe certero de cuchillo en la garganta y tratando de que no sufriera demasiado, eso decían los viejos afectaba al buen sabor de la carne luego.

Los hombres, giraban alrededor del cuerpo del animal puesto sobre la mesa, y le fuego que no debía apagarse, tarea esta encomendada a los chicos, tan dispuestos a ayudar, pero lo divertido, según ellos no es alimentar el fuego sino estar ahí, entre ellos, cuchillo en mano, pelando, destajando cortando, trozando, como si la vida, la muerte y el hilo invisible entre ambas fuera un simple hilo de atar embutidos fáciles de cortar.

El fuego arde, purifica, cocina, limpia. La zona parece lugar donde se haya dado un atroz encuentro, tal vez sea así pero sólo para una de las partes. Todo esta dispuesto, en tablones, de lo que antes era un cuerpo incorrupto, lleno de vida, ahora solo eran trozos por arriba y desperdicios por abajo, el circulo de la vida y la victoria del más poderoso.

El sol se va ocultando detrás de los altos sauces, el fuego se va apagando, toda la carne ha sido condimentada, embutida, salada. Los vecinos se van despidiendo con su recompensa en platos y fuentes. Los chicos sucios desde el pelo hasta los pies, cansados aún con las últimas fuerzas reniegan del baño indiscutible, pero más reniegan de que saben que se termina el día y que al otro se vuelve a la rutina diaria del colegio y las tareas.

En el fondo de la quinta, aún faltan limpiar tablones ollas, cuchillos, los perros hociquean entre charcos de agua y sangre y los desperdicios de toda esa fiesta tratando de encontrar algo que comer, más por vicio que por hambre.

Un cerdo menos en el corral, los otros ajenos a todo lo que pasó, sólo esperan a que les llegue el alimento diario.

jueves, 15 de noviembre de 2007

El insomnio de las iguanas

Cuenta la leyenda que en la selva hubo un tiempo donde todas las especies que ahí habitaban lo hacían en armonía unas con otras. La paz reinaba por sobre todas las cosas.
Esto era el resultado del antiguo consejo que reinaba en el centro de la selva, el de las iguanas, uno de los consejos más sabios que supo haber en la selva, esto se debía a la buena gestión, a la inteligencia con la que aconsejaban y al amor que le dedicaban a su trabajo, al poco egoísmo, pues estar en el consejo confería un poder enorme con el resto de los habitantes, pero las iguanas a eso nunca lo tuvieron en cuenta, siempre pensaron en lo mejor para que la armonía fuera larga y duradera porque ellos pensaban que si todos estaban unidos, nadie podría vencerlos. Nada para ellas querían, todo lo dejaban en el concejo.
Lo único que exigían las iguanas era que no las molestaran en su siesta diaria pues de ahí venían sus visiones para un mejor gobierno.
Pero una vez, un grupo de yacarés envidiosos, envidia por pertenecer al consejo pues según ellos, al ser verdes y reptiles también tenían el mismo derecho de pertenencia, más lo que ellos sólo querían era la fama y el poder, porque pensaban que con semejante cargo, todos les deberían rendir pleitesía y todo, todo lo que pidieran debería ser concedido, y era esto justamente lo que no entendían de las iguanas, porque no hacían valer su estatus dentro de la selva, no podían entender que las iguanas no reclamasen para ellas mismas ciertas licencias del poder.

-Son unas tontas estas iguanas, debemos sacarlas del poder, nosotros haremos muchas más cosas, pero por sobretodo disfrutaremos mucho más!

Una tarde en la que el sol abrazaba la tierra, los yacarés se unieron para interrumpir el sueño de las iguanas, y lograr así que el caos reinara en la tierra y sería obligatorio elegir nuevos integrantes del consejo.
Fueron a ver a un viejo lechuzo que solo vivía en la rama seca de un árbol, a pedirle bajo engaños una pócima para no dormir, le dijeron que era para la marmota que se quejaba de que se la pasaba durmiendo y no disfrutaba del sol, ni de la vida. El lechuzo poco le importaba lo que hiciera la marmota, pero igualmente accedió al pedido, tal vez sea mejor para todos que la marmota duerma un poco menos, y de debajo de sus viejas alas, y de un hueco en el tronco donde era su casa, sacó hierbas y otros yuyos, los mezcló a todos, los hizo polvo con un viejo mortero. Terminado todo el proceso les dio el polvillo a los yacarés diciéndole: - con sumo cuidado viertan una pizca en el agua que beba la marmota-.
Más los yacarés de que cuidados y medidas no sabían nada, vertieron todo el polvo en el bebedero de las iguanas.
Cuando las iguanas bebieron el agua el cielo se oscureció, la tierra tembló, los pájaros cuya intuición era grande y certera emprendieron el vuelo todos juntos en un descontrol y un graznido que no auguraba nada bueno, las crías de todas las criaturas gritaron al unísono, los yacarés que no previeron que todo esto iba a pasar se asustaron, pero igual pensaban que todavía podían tomar el control, no se amilanaron y siguieron aguardando a que el caos y la confusión reinaran en la selva, para llegar ellos como salvadores, Las iguanas no durmieron ese día, el tiempo se aquieto, se silencio todo, el aire se hizo pesado, faltaban las visiones de ese día, al siguiente día tampoco durmieron, ni al siguiente, ni al siguiente, todos los animales aguardaban a que el sueño venciera a las iguanas, para que el mundo siguiera al ritmo de antes, a la armonía que conocían.

Más las iguanas no durmieron nunca más, y la selva fue apagándose, llegaron grandes monstruos de metal que todo lo destruyeron, y cuando pedían consejo a las iguanas; éstas por sufrir todavía del insomnio que las invadía nada pudieron hacer, y las máquinas vinieron y devoraron la tierra de la que todos eran dueños desde siempre. Y los yacarés por más que esperaron, no se hicieron con el poder, porque ellos que esperaban en las costas de los ríos, fueron asustados por maquinas enormes que flotaban por sobre el agua con grandes torres de humo negro, y bocas dentadas que arrasaban con las especies que vivían en el agua.
Vinieron los hombres, con palos y puntas de metal y cazaron a aquellos que a nadie molestaban, destruyeron la paz, y las iguanas impotentes, veían ante ellas como su mundo se desmoronaba y nada podían hacer, el sueño que se había ido hacía tiempo, las dejaron sin las visiones
Los yacarés viendo lo que habían producido, fueron arrepentidos a confesar y pedir perdón al consejo. Más nada se pudo hacer, salvo huir más hacia el centro de la impenetrable selva, huyendo del hombre y de los monstruos mecánicos, cada más adentro huyendo sin descanso.

Aún hoy, por sobre el ruido de las máquinas derrumbando árboles, se puede oír el ulular del viejo lechuzo, buscando una cura para el insomnio de las iguanas y así puedan hallar una solución para desterrar al extraño animal que camina en dos patas y tienen esos grandes monstruos de metal que hacen lo que ellos quieren...

martes, 6 de noviembre de 2007

El mocoso

-En mis tiempos mozos…-
Con esta frase siempre comenzaba don Emilio sus historias.
Todos en el bar se sumían en el silencio, esperando sus anécdotas, éste era un típico bar de barrio, mesas y sillas de madera, la vieja cafetera, la misma de hace 20 años atrás, nueva por aquél tiempo. Las botellas de licores, en repisas detrás de la barra cubriendo el vidrio manchado por el tiempo.

Don Emilio era uno de los tantos parroquianos que se daban cita en el mismo bar desde siempre. Algunos se preguntaban cuándo había llegado por primera vez al bar, ¿y al pueblo?, pero nadie lo recordaba, nadie tenía una fecha cierta. Era como el bar, siempre había estado, siempre iban a estar, uno en la esquina frente a la plaza, con los grandes ventanales abiertos de par en par en verano y en invierno, con la estufa a cuarzo en el rincón, y el otro en la mesa para uno, frente a uno de los ventanales que daban a la plaza, la principal del pueblo, en donde esta la consabida estatua a las madres, al bombero y a algún personaje ilustre que mereciera tal premio póstumo. Nadie sabía de donde había venido, nadie sabía de su pasado, y poco importaba. Era un personaje más del pueblo, pintoresco y misterioso.

Llegaba al atardecer a tomarse un café, casi siempre a la misma hora. Ese momento indefinido entre la muerte de la tarde y el nacimiento de la noche. El mozo, cantinero y único dueño del bar sabía que para él era un café, sólo, sin azúcar, en vasito, y uno de soda. El rito era invariable, como los comienzos de sus historias.

- En mis tiempos mozos a mí me decían el mocoso- así había comenzado esa tarde destemplada de agosto-Yo era muy inquieto mi madre me dejaba hacer, pues no me podía contener dentro de la casa, mi padre había muerto hacía tiempo. El recuerdo de su rostro, de sus abrazos y de su voz, clara y fuerte, se iba nublando cada vez más con el paso del tiempo.

Yo tenía alrededor de 10 años, eran tiempos de los pantalones cortos, usaba siempre una boina que había sido de mi abuelo, padre del mío. Los botines estaban viejos y desgastadas sus suelas. Mi madre miraba con reprobación, pero la plata no sobraba como para unos nuevos. La pensión de mi padre apenas nos alcanzaba para comer, y gracias a dios que la casa, pequeña, era nuestra. A veces mi madre aceptaba ropa para remendar de las vecinas acomodadas del barrio, eran los ingresos que destinaba para mis cuadernos, siempre decía que la educación era lo que nos abría infinitas puertas. Yo, la verdad, en ese tiempo prefería ir a jugar a la pelota con los otros chicos del barrio, o escaparnos hasta la vieja fábrica que estaba como a 10 cuadras de mi casa a terminar de romper los vidrios a cascotazos.

Después de unos años, cuando crecí un poco más; tomé conciencia que mi madre no podía con todo. Comencé a trabajar vendiendo diarios en la esquina de la plaza, también ayudaba a Don Zoilo, dueño del almacén de ramos generales, pasando la escoba o ayudando con los paquetes de mercadería que llegaban desde la gran capital.

Y así fui creciendo, hasta que un día mi madre, muy enferma, murió. Sentí que en ese pueblo ya no tenía nada que hacer. Cerré la casa a cal y canto, arme un revoltijo con mis pocas ropas y me fui.-

En ese momento Don Emilio se quedó en silencio sumergido en aquella época, se le podían ver los ojos vidriosos, nostalgioso ahí con su café ya frío, todo blanco en canas, con su vieja boina y su piel llena de arrugas, evidencias de la vida dura que había tenido. El silencio persistía, parecía que esa tarde no habría final. Todos se quedaron pensando en cómo continuaría ese relato, y en qué historia se había perdido.

Lo que quedaba por contar, y es justo donde se detuvo Don Emilio, era la verdadera razón por la cual se había ido de ese pueblo y de porqué no se sabía nada de su pasado, salvo por las historias que él mismo contaba.

Lo que nadie podría saber nunca, aquello que lo detenía en el momento justo, era eso que le hacía vidriar los ojos. El recuerdo de una cabellera larga y morena, oscura como la noche, y unos ojos azules como el agua de un manantial. Una hermosa mujer que no podía ser dueña de su destino, a la cual amó durante toda su vida y seguirá amando hasta el día que muera. Lo que tampoco nadie sabía- y que nadie debía saber- era el porque no se pudo consumar ese amor.
La prueba de su huída, de su amor no consumado estaba escondida en el fondo de un cajón en la habitación más escondida de su casa, su documento.

Ahí estaba la verdad de Don Emilio, esa verdad que escondía y tapaba con miles de historias, esa verdad de la que huyó cuando era pequeño, esa verdad que lo avergonzaba, esa verdad, de la cual renegaba con toda su sangre y su ser.
El papel donde decía para todo el mundo quién era en realidad, donde decía quién debía ser, a pesar de lo que sintiera, a pesar de lo que sufriera siendo lo que no se es de alma.

En ese papel, figuraba su verdadero nombre: Doña María Emilia Álzaga.

martes, 28 de agosto de 2007

La boticaria de la tercer puerta

Borrador (dedicado a la muzza con aceitunas sin carozo y su inseparable fainá)


Cuenta la historia que todas las almas vuelven a esta tierra. pero antes de que esto suceda, allá arriba en donde todas esperan su vuelta con el boleto en la mano deben pasar por tres puertas.

La sala de espera es enorme, con grandes ventanales por donde entran oblicuos los rayos dorados de un sol cálido y amistoso, en el centro, grandes bancos de maderas dura, incomodos a primera vista y largos larguísimos, en la única pared que no tiene ventana estan las tres puertas antes nombradas, de color blanco como las paredes, normales de madera con los números uno, dos y tres hechos en bronce, uno en cada una de las puertas respectivamente. Arriba de las tres puertas había un gran marcador de turnos con luces celestes, que indicaban número de puerta y el número que retirabas en la puerta de entrada a la sala en una computadora de autoconsulta.
Generalmente el tramite era rápido, pero había una demanda, la sala estaba siempre a reventar de gente, lo que hacía que algunos se impacientaran. Y es ashí cuando angeles entraban con armoniosas arpas que tocándolas calmaban a los impacientes, hacían tan bella música que ptonto olvidaban porque se habían exasaperado.
El ritmo de atención era dinamico y continuo, claro hay que tener en cuenta que ahí el tiempo es totalmente relativo, y no lineal.

Cuando abrías la primer puerta con lo que primero te encontrabas era con un viejito de bigotes mostacholes con sus puntas retorcidas mirando hacia arriba, vestido con un mameluco blanco purisimo. En la oficina no había escritorio sólo una silla grande enorme, tipo sillón en el centro, enfrente a ella una pantalla enorme y detrás un proyector. En las paredes, altisímas; no veías el techo de tan alto que estaba, estanterías, todas las paredes con estanterías, y estas llenas de rollos de pelis, de costado a costado, desde el pioso hasta el infinito, incluso cuando se cerraba la puerta, esta desaparecia entre estanterías.
Esta era la sala de las proyecciones, entrabas para ver todas tus acciones y pensamientos durante tu vida en la tierra, desde el nacimiento, incluídos los recuerdos cálidos y húmedos del vientre materno, hasta la última vista del cuerpo ya sin vida mientras vas ascendiendo. Terminada la proyección el viejito te daba un formulario, Con el formulario en la mano volvías a la sala común de espera a que te llamaran para la segunda puerta.

Esta habitación no era parecida a la primera, las paredes blancas estaban vacías y en el medio de la habitación un enorme escritorio antiguo de madera, muy pesado, lo único que habia sobre el escritorio era una computadora, una impresora y dos bandejas para papeles. Detrás del monitor una anciana tecleaba con ritmo continuo y un tanto acelerado.
Esta era la habitacipon del nuevo contrato, la anciana vestida con una túnica blanca y larga te recepcionaba el formulario que te daban en la primer puerta, lo cargaba en la computadora y lo dejaba en una de las bandejas, de la otra tomaba un formulario nuevo, vacio que cargaba en la impresora y apretando varias teclas, mandaba a imprimir, luego de que un programa cotejara todos los datos ingresados, esa hoja recién impresa era entregada con gran parsimonia y ahí constaba lo que tenías que hacer en tu próxima vida, para que no tengas que volver a la tierra. O sí lo hacias mal volvías a la gran sala de espera y de nuevo las tres puertas o si hacías muy bien lo de la hoja y con extras pasabas directo al complejo habitacional.

Detrás de la tercer puerta estaba ella, toda de blanco, ni tunica ni mono remera y jeans, levis, all star,algo sucias, pero blancas al fin; moderna, juvenil. Su mirada penetranto y sumamente analítica asustaba. Era el paso definitorio para la vuelta al plano material, volver a ser, ser o no ser, por eso el terror de muchos a esa mirada escrutadora, definia tu nueva vida.

Apenas entrabas y se te quedabamirando fijamente por sobre los lentes intimidatoriamente y luego se acercaba a las paredes que estaban cubiertas de cajones y cajoncitos de madera oscura como una botica antigua, pero con la diferencia de que ahi no había remedios, ni yuyos. Lo que había definían tu personalidad. Entrabas para que te clasifiquen, en los cajones habpia cuadrados, triángulos, circulos, diferentes tipos de panes, cartas de póker animales y totelm, pases para entrar al circulo central o a los periféricos, papeles en bollito y papeles perfectamente doblados. Todo todo servia para una clasificación, lo que a su vez definiía tu existencia.
Tal vez si le caías bien sacaba lo mejor de esos cajones y tu vida sería fácil y te facilitaba para pagar tu karma y asi no volver jamás. Por eso la tercer puerta era la más importante.

De ella dependía tu eternidad, así que cuando te toque entrar para ser atendida por la boticaria de la tercer puerta entra humildemente, sé sincera con la mirada. Recuerda que ella es la reina de las clasificaciones, y se da cuenta de todo con sólo mirarte a los ojos.

jueves, 9 de agosto de 2007

Silver a la Criolla

La yegua de mi tío era bastante arisca, recuerdo que sólo se dejaba montar por mi tío, él; un gaucho de bombacha y botas de cuero de potro, era todo un personaje, andaba siempre con su facón en la cintura y el rebenque presto a usarlo, silencioso, meditativo, le gustaba pasar horas mirando el fuego de la cocina a leña mientras fumaba los cigarrillos que él mismo liaba.
No tenía muchas posesiones, salvo la silla de montar y su yegua, blanca y de un carácter bastante endiablado. Siempre que la veía me hacía recordar a Silver el caballo blanco del Llanero Solitario, visto hasta el cansancio en las viejas historietas del almacén del pueblo que llegaban desde la capital, revistas que Don Julio me dejaba hojear todas las veces que quisiera si le barría el piso y le lavaba los vasos que usaban los parroquianos cuando se tomaban algo mientras las doñas hacían las compras.
Soñaba yo con montarla un día y que se pare en sus trancos traseros como el caballo de la historieta.
De acercarme pues, solo llegaba a unos tres metros de ella, parecía oler mis intenciones y comenzaba a relinchar y se encabritaba y bufaba tan fuerte que siempre sacaba a mi tío de sus cavilaciones y yo salía corriendo.
Igualmente no cejaba de mis intentos, bien dicen que el esfuerzo es recompensado con creces y que todo lo que vale la pena cuesta trabajo, así estaba yo y así estaba ella, los dos en posición firme, estudiando ambos los siguientes pasos del contrincante.
Todos los días en cuanto tenía un rato libre y estaba la yegua pastando tranquila yo no desistía de mi empresa.
Hasta que un día creí que era el vencedor de esta lucha silenciosa, entre el hombre y la fuerza del bruto y noble animal, me creí que yo había sido el más inteligente, el más rápido de ambos, pero pronto habría de darme cuenta, dolorosamente debo decir, de mi error.
Creí haberla cruzado distraída y así a pelo nomás tomándola de las crines y de un solo salto certero digno de Juan Moreira en plena carrera huyendo de Chirino me le subí, solo un segundo tardó en darse cuenta de lo que sucedía y comenzó un trote que a los minutos era una cabalgata desenfrenada a campo abierto.
Yo reía enloquecido, no sé si por miedo, o porque realmente estaba convencido de haber ganado esa contienda. Cuando me dí cuenta de sus verdaderas intenciones ¡yegua del demonio! me acuerdo y me duelen mis viejos huesos todavía; ya era demasiado tarde.
Íbamos a carrera enloquecida hacía un enorme árbol en medio de la nada y por más que tirara de las crines para que se desviara, el maldito animal más derecho enfilaba, mi risa se cortó como un una cuchilla grande y afilada de las que se usan para cuerear las vacas. Contuve el aliento, nos veíamos a los dos, animal y hombre estampillados contra el ancho tronco
Pero a último segundo el animal sin detener la marcha se desvió y viendo las ramas más bajas, las sentí más que verlas en mis costillas y otras rasparon toda mi cara, sentí el calor húmedo de la sangre que manaba de mi rostro, quedé ahí colgado de las ramas más gruesas, como ropa en la cuerda y ella libre de todo peligro y sin su indeseable jinete, ahí a unos metros mirando; casi, casi con una sonrisa burlona en sus ojos.
Desde ese día nunca más me le acerque, aprendí la lección que no sólo era un mozo sin experiencia al lado de esa yegua, sino que también comencé a mirarla con un respeto terrible.


No puede quejarse Doña E, me esta haciendo laburar....

martes, 24 de julio de 2007

La Golondrina

Para mi Muzza con aceitunas sin carozo....




Mirá, mirá un pajarito!, mi hermana me gritaba media cuadra más adelante, había barro en las calles, y todavía caía agua de las ramas de los árboles, la tormenta hacía muy poquito que había cesado, la tarde estaba fresca, todavía se sentía el viento meciendo ramas....el olor a limpio luego de la tormenta todo lo impregnaba.
Mi hermana tenía diez años, yo uno menos y teníamos la costumbre de salir a recorrer las calles luego de las tormentas, para ver si había pichoncitos caídos de sus nidos, siempre nos aparecíamos con uno luego de una tormenta, mi madre ya no le caía en gracia, pero nos dejaba hacer, no había mucho más para hacer en las días de tormenta.
Era tan chiquito que ni plumas tenía casi ciego estaba, los ojos estaban cerrados, era extremadamente pequeño, mi hermana lo alzó y se lo puso contra el pecho resguardándolo del frío y de gotas que perdidas, todavía caían atrasadas.
Se lo mostramos a mi madre, para que nos diga de que especie era, ella sabía un montón siempre adivinaba, pero a este no lo pudo sacar, era demasiado chico....
no sobrevivirá es mejor dejarlo afuera y que sea lo que Dios quiera, nos dijo, pero no hicimos caso, lo pusimos en una caja llena de viruta de tela, de los desperdicios que dejaba el taller que mi madre tenía en aquella época, a la caja la dejamos cerca de la cocina a leña para que no sintiera frío, intentamos darle de comer, claro que el rejurgitamiento era una técnica que no queríamos implementar, era como demasiado, salimos a buscar en la tierra blanda lombrices y bichitos, los picábamos tipo papilla y se lo dábamos en minúsculas cantidades...
El verano llegó, y a pesar del pronóstico de mi madre, el pájaro sobrevivió, y tuvo unas plumas hermosas, negras lustrosas y una cola larguisima, en forma de Tijera, no sabíamos qué pájaro era, lo buscamos en libros de animales, buscábamos información en la biblioteca del pueblo, hasta que nos dimos cuenta de que era una golondrina.
El pájaro vivía en un estante alto en el comedor, desde ahí observaba todo el movimiento de la casa, era el dueño indiscutido de esa parte de la casa, y a pesar de dejar las puertas y las ventanas abiertas no se iba, estábamos tanto nosotros adaptados a él como él a nosotros, era uno más de la familia
Lo que más le gustaba, era robar comida de los platos a la hora del almuerzo, la carne le encantaba! entonces desde la estantería bajaba en picada casi mortal y rasando la mesa se elevaba con el pico lleno de comida. Otra cosa que le gustaba hacer era picarle la panza a mi hermanito menor cuando mi mamá le cambiaba los pañales, claro que a mi hermano eso no le causaba mucha gracia.
Y así pasó un año, con la golondrina en el estante, robándose comida, y cantando, llegó la primavera y hubo un cambio, ya no se lo veía revolotear tanto por la casa, se quedaba cerca de la ventana mirando hacía los árboles del fondo de mi casa, con una nostalgia casi humana,..y se quedaba ahí desde la mañana hasta la noche, todos los días, hasta que una tarde de noviembre dejo de mirar por la ventana y comenzó a graznar como poseída y revolotear por toda la casa, algo había visto más allá del patio que lo hizo salir de su letargo, todos nos fuimos a ver que era lo que podía haberla puesto de ese modo, cuando nos dimos cuenta de la bandada de golondrinas que había en las ramas allá a lo lejos, la golondrina no paraba de revolotear cerca de ventanas y puertas.
Tú lo que quieres es irte con tu familia, no?-dijimos a coro con mi hermana abriéndole la puerta, y se fue, volando a las ramas donde estaban todas las demás, hubo algarabía general, mucho ruido hicieron por un buen rato, estuvimos viéndola un largo rato parándose en una rama con unas golondrinas, luego en otra con otras, cuando teníamos la vista cansada vimos un revuelo enorme cuando todas juntas remontaron vuelo, las ramas se curvaron y volvieron a su lugar al liberarse del peso de tantas aves, vimos una V perfecta formada en un cielo azul turquesa, nos dimos cuenta de que la última de la V del lado derecho era ella, porque fue la última en formarse, la última en dejar la rama, sentimos su despedida....
y la V se comenzó a mover, cruzó el cielo, sin perder su forma, fue maravilloso observar ese espectáculo...vimos como se alejaba hacia el norte, en un ritmo continuado y seguro....
Al año siguiente, más o menos en la misma época juro haber visto una golondrina solitaria en la rama del árbol del patio de mi casa, observando detenidamente hacia nuestra casa, hasta que se fue con otras más, juro que era la misma de aquella vez....

Con mi hermana seguimos recolectando pichones luego de las tormentas, pero nunca encontramos otra golondrina....


Espero que te haya gustado!!!!