Las mañanas eran lentas en “el nacional”, así le decíamos a
nuestro secundario. Lentas y aburridas. Mucho más cuando el solcito calentaba
nuestras espaldas entrando por la ventana, casi riéndose de nosotros.
La primer hora de los viernes era geografía, luego seguía
química y la última; matemáticas, si un
viernes delicioso en todos los sentidos
La profesora de geografía tenía tantos años que dudábamos si
era pariente de Tutankamón, de la de química no me puedo quejar, nos llevaba al
laboratorio y eso me gustaba, creo que una parte de genio loco renacía dentro
de mí en cada clase de química, bueno también puede ser que la profesora me
gustara un poco y eso hacía más ligeras las clases aún aprendiéndose de memoria
los elementos de la tabla periódica. La profesora de matemáticas era un caso
aparte, usaba bastón y parecía una señora que había pasado mejores tiempos en
su juventud. Nunca creí que la docencia fuera
su pasión, siempre me la imaginé como que tuvo un traspié y abandonada por su
familia no le quedó más remedio que ser profesora; eso o simplemente le gustaba ser mala con los alumnos.
En su clase nadie podía hablar, el silencio debía ser
absoluto y con la mirada siempre atenta al pizarrón, durante las dos horas de
su clase si se escuchaba un sonido más fuerte que una respiración era motivo
más que suficiente para ser llamado al frente y vértelas con un problema
imposible de resolver.
Pero este cuento no es sobre profesoras, este cuento es de
la vida misma y de lo que aprendemos que no se enseña en un pizarrón.
La escuela era vieja, las paredes blanqueadas a cal,
supieron tener un momento de gloria pasada, los pupitres eran antigüedades de
50 años atrás, los bancos hacían un perfecto juego para un viaje al pasado.
En mi pupitre disfrazado por la pintura tenía una rajadura
de unos 5 centímetros, rajadura que se reía de los intentos vanos de taparla,
mis compañeros me envidiaban “¡Es especial para poner los machetes de las pruebas!” me decían pero siempre fui medio boluda y
nunca me copié, bueno salvo aquella otra vez y encima me salió mal, pero eso
en otro cuento.
Se me había hecho costumbre pasar mis dedos por la grieta de
la madera, seguir las vetas desdibujadas gracias al verde de la pintura; hasta
que un viernes, en la última clase, pensando más en que iba a ser un fin de
semana soleado ideal para pasear con amigos que prestando atención a Pitágoras
y sus problemas, tuve una idea.
Y escribí un tímido “¡hola!” en un pedazo de hoja Rivadavia
carpeta número tres, hay cosas que se te graban más que cualquier teorema
gracias a la constancia de 5 años de estudios.
Y la hora se terminó y sonó el timbre indicando el fin del
día, y de la semana, los gritos y las
corridas de la alegría eran los de siempre, tal vez más un poco más enfáticos porque
ese viernes prometía dos días de sol y
calorcito para hacer lo que quisiéramos.
Yo me fui a mi casa, caminando a solas tranquila, como
siempre, pensando en las obligaciones que me esperaban ahí: llevar a mi hermana menor al jardín, comer
algo de lo que haya quedado y lavar los platos, limpiar la casa y cosas así de
aburridas pero que eran mi responsabilidad por estar en una familia en donde
los padres trabajaban afuera todo el día
Pero dentro mío quedó rebotando de un lado al otro de mi
cabeza si ese “hola” iba a ser respondido y por quién, deseaba una parte de mí que fuera un chico, uno lindo y que no se riera de mi ñoñez
con el resto de sus compañeros pero eso es casi imposible cuando tenés 13 años de edad.
Siempre hubo como una
especie de competencia entre los dos
turnos, los de la mañana éramos más estudiosos que los de la tarde, éramos
los mejores en deportes y los más inteligentes. La verdad siempre competíamos
en todo. Bah ellos, mis compañeros, a mi me importaba muy poco el prestigio de
los de la mañana contra los de la tarde
Qué sorpresa cuando el lunes a primera hora encontré un
papel en la rajadura, un papel que no era el mío, ¡sino una respuesta a ese!
En mi pupitre se sentaba Stella, era del mismo curso que yo,
turno tarde,
Pasaron meses, y las
cartas comenzaron a ser más largas, tanto que casi no entraba en la grieta del
pupitre, nos decíamos mejores amigas y nos dibujábamos corazones y flores.
Stella tenía un año
más porque había repetido segundo año, vivía mucho más lejos que yo e iba en
colectivo al colegio, era hija única y su mascota era un loro, su madre era
separada y tenía nuevo novio, uno que a ella no le gustaba. Ella también tenía
un novio, un chico más grande que ella, con gomina en el pelo y campera de
cuero, y moto, una moto grande. Stella se maquillaba y usaba sus uñas color
rojo, yo le hablé de mi familia, de mis hermanos, de los libros que leía, a
ella no le gustaba leer mucho, le conté de mis padres, de mi infancia con mis
abuelos y de lo que quería ser cuando sea grande y como quería que fuera mi
novio futuro.
La regla tácita era no conocernos, pasaron los meses y
aunque a veces hacíamos trampa y nos esperábamos en la puerta del colegio para
conocernos nunca se nos dio la oportunidad.
Hoy lo recuerdo y
miro de reojo mi página de facebook y me río, me río de esa época en donde todo
era más naif, todo más inocente, me río de los chicos de las nuevas
generaciones que se pierden este tipo de cosas.
Más o menos duró como un año esa amistad, mientras tanto en el colegio todo el
mundo sabía la historia de cómo nos habíamos conocido y todos mis compañeros
comenzaron a dejar cartas en sus pupitres para comunicarse con los de la tarde,
claro que la directora se dio cuenta de esto y nos prohibió escribir más
cartas, si muchos chicos escribían diciendo barbaridades para que los otros se
enojaran.
Todos los años en primavera teníamos el “día de la actividad
física” ¿qué era esto? Un terrible castigo a la juventud sedentaria en donde
nos hacían creer que todos teníamos pasta de deportistas, era una jornada
completa en el parque de la ciudad haciendo distintas actividades físicas
recreando una competencia olímpica, salto en alto, salto en largo carreras de
velocidad, resistencia y otras actividades más que gracias a Dios casi ya no recuerdo,
aburrido y largo, ese día te tenías que levantar temprano vestirte con tu
“equipo de gimnasia” prepararte una vianda y en vez de ir al colegio, ir
directamente al parque. Ahí te esperaban todas las profesoras y profesores de
educación física con listados con tu nombre y las actividades relacionadas a
vos. Claro la competencia era contra el universo paralelo de la tarde.
La última competencia era
la de resistencia, 5 vueltas corriendo al velódromo. En esa competencia
participábamos Stella y yo. Las primeras dos vueltas fueron tranquilas, estábamos todas con energía y contentas
porque era la última actividad, ya en la cuarta resoplábamos y nos dolían las
piernas, algunas de mis compañeras iban por su última vuelta, Stella estaba tan
atrasada como yo, íbamos cabeza a cabeza sin apuro, ella trababa de conversarme
yo intentaba retener y controlar mi respiración, nunca fui una gran corredora.
Sin querer llegamos a la última vuelta, quedábamos cinco o
seis chicas sin haber terminado la prueba, entre ellas ; nosotras amigas y
competidoras gracias a las brillante idea de fomentar la competitivad de la
escuela. Los gritos de las profesoras alentándonos nos retumbaban en la cabeza,
las piernas no daban más y los pulmones ardían.
En mi cabeza hubo un click y aceleré y aceleré y dejé a
todas atrás, dejé de sentir mis piernas, escuché que Stella me hablaba y me
llamaba desde atrás, si veníamos las dos corriendo a la par, la dejé sola, y
aceleré y no me importó nada, quería irme.
Cuando terminé y vi que a los diez minutos llegaba ella más
cansada que yo, más exhausta que yo, me miró y dio vuelta la cara. Ahí también
hubo un click pero en mi corazón. Algo se había roto, algo había roto yo en un
momento de la carrera, algo que no se solucionaría jamás. Pude ver la decepción
en los ojos de la que yo decía mi amiga y sentí mi propia decepción dentro de mí.
Durante un tiempo seguí dejándole papelitos extrañamente
doblados en el pupitre, pero al otro día los encontraba intactos, también me
quedaba en la puerta esperándola pero nunca me la volví a cruzar.
La esperé tal vez para ofrecer una disculpa. No supe qué se
había roto dentro de mí ese día de la carrera hasta que no noté su silencio, su
vacío.
Ahora ya grande, eso
roto ha creado un vacío oscuro muy profundo dentro de mí, un vacío que a veces
pide que lo alimente.
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