sábado, 25 de octubre de 2014

Pupitre


Las mañanas eran lentas en “el nacional”, así le decíamos a nuestro secundario. Lentas y aburridas. Mucho más cuando el solcito calentaba nuestras espaldas entrando por la ventana, casi riéndose de nosotros.
La primer hora de los viernes era geografía, luego seguía química y la última;  matemáticas, si un viernes delicioso en todos los sentidos
La profesora de geografía tenía tantos años que dudábamos si era pariente de Tutankamón, de la de química no me puedo quejar, nos llevaba al laboratorio y eso me gustaba, creo que una parte de genio loco renacía dentro de mí en cada clase de química, bueno también puede ser que la profesora me gustara un poco y eso hacía más ligeras las clases aún aprendiéndose de memoria los elementos de la tabla periódica. La profesora de matemáticas era un caso aparte, usaba bastón y parecía una señora que había pasado mejores tiempos en su juventud.  Nunca creí que la docencia fuera su pasión, siempre me la imaginé como que tuvo un traspié y abandonada por su familia no le quedó más remedio que ser profesora;  eso o simplemente  le gustaba ser mala con los alumnos.
En su clase nadie podía hablar, el silencio debía ser absoluto y con la mirada siempre atenta al pizarrón, durante las dos horas de su clase si se escuchaba un sonido más fuerte que una respiración era motivo más que suficiente para ser llamado al frente y vértelas con un problema imposible de resolver.
Pero este cuento no es sobre profesoras, este cuento es de la vida misma y de lo que aprendemos que no se enseña en un pizarrón.
La escuela era vieja, las paredes blanqueadas a cal, supieron tener un momento de gloria pasada, los pupitres eran antigüedades de 50 años atrás, los bancos hacían un perfecto juego para un viaje al pasado.
En mi pupitre disfrazado por la pintura tenía una rajadura de unos 5 centímetros, rajadura que se reía de los intentos vanos de taparla, mis compañeros me envidiaban “¡Es especial para poner  los machetes de las pruebas!”  me decían pero siempre fui medio boluda y nunca me copié, bueno salvo aquella otra vez y encima me salió mal, pero eso en  otro cuento.
Se me había hecho costumbre pasar mis dedos por la grieta de la madera, seguir las vetas desdibujadas gracias al verde de la pintura; hasta que un viernes, en la última clase, pensando más en que iba a ser un fin de semana soleado ideal para pasear con amigos que prestando atención a Pitágoras y sus problemas, tuve una idea.
Y escribí un tímido “¡hola!” en un pedazo de hoja Rivadavia carpeta número tres, hay cosas que se te graban más que cualquier teorema gracias a la constancia de 5 años de estudios.
Y la hora se terminó y sonó el timbre indicando el fin del día,  y de la semana, los gritos y las corridas de la alegría eran los de siempre, tal vez más un poco más enfáticos porque ese  viernes prometía dos días de sol y calorcito para hacer lo que quisiéramos.
Yo me fui a mi casa, caminando a solas tranquila, como siempre, pensando en las obligaciones que me esperaban ahí:  llevar a mi hermana menor al jardín, comer algo de lo que haya quedado y lavar los platos, limpiar la casa y cosas así de aburridas pero que eran mi responsabilidad por estar en una familia en donde los padres trabajaban afuera todo el día
Pero dentro mío quedó rebotando de un lado al otro de mi cabeza si ese “hola” iba a ser respondido y por quién,  deseaba una parte de mí que fuera un  chico, uno lindo y que no se riera de mi ñoñez con el resto de sus compañeros pero eso es casi imposible cuando tenés  13 años de edad.
 Siempre hubo como una especie de competencia entre los dos  turnos, los de la mañana éramos más estudiosos que los de la tarde, éramos los mejores en deportes y los más inteligentes. La verdad siempre competíamos en todo. Bah ellos, mis compañeros, a mi me importaba muy poco el prestigio de los de la mañana contra los de la tarde
Qué sorpresa cuando el lunes a primera hora encontré un papel en la rajadura, un papel que no era el mío, ¡sino una respuesta a ese!
En mi pupitre se sentaba Stella, era del mismo curso que yo, turno tarde,
Pasaron meses,  y las cartas comenzaron a ser más largas, tanto que casi no entraba en la grieta del pupitre, nos decíamos mejores amigas y nos dibujábamos corazones y flores.
Stella  tenía un año más porque había repetido segundo año, vivía mucho más lejos que yo e iba en colectivo al colegio, era hija única y su mascota era un loro, su madre era separada y tenía nuevo novio, uno que a ella no le gustaba. Ella también tenía un novio, un chico más grande que ella, con gomina en el pelo y campera de cuero, y moto, una moto grande. Stella se maquillaba y usaba sus uñas color rojo, yo le hablé de mi familia, de mis hermanos, de los libros que leía, a ella no le gustaba leer mucho, le conté de mis padres, de mi infancia con mis abuelos y de lo que quería ser cuando sea grande y como quería que fuera mi novio futuro.
La regla tácita era no conocernos, pasaron los meses y aunque a veces hacíamos trampa y nos esperábamos en la puerta del colegio para conocernos nunca se nos dio la oportunidad.
 Hoy lo recuerdo y miro de reojo mi página de facebook y me río, me río de esa época en donde todo era más naif, todo más inocente, me río de los chicos de las nuevas generaciones que se pierden este tipo de cosas.
Más o menos duró como un año esa  amistad, mientras tanto en el colegio todo el mundo sabía la historia de cómo nos habíamos conocido y todos mis compañeros comenzaron a dejar cartas en sus pupitres para comunicarse con los de la tarde, claro que la directora se dio cuenta de esto y nos prohibió escribir más cartas, si muchos chicos escribían diciendo barbaridades para que los otros se enojaran.
Todos los años en primavera teníamos el “día de la actividad física” ¿qué era esto? Un terrible castigo a la juventud sedentaria en donde nos hacían creer que todos teníamos pasta de deportistas, era una jornada completa en el parque de la ciudad haciendo distintas actividades físicas recreando una competencia olímpica, salto en alto, salto en largo carreras de velocidad, resistencia y otras actividades más que gracias a Dios casi ya no recuerdo, aburrido y largo, ese día te tenías que levantar temprano vestirte con tu “equipo de gimnasia” prepararte una vianda y en vez de ir al colegio, ir directamente al parque. Ahí te esperaban todas las profesoras y profesores de educación física con listados con tu nombre y las actividades relacionadas a vos. Claro la competencia era contra el universo paralelo de la tarde.
La última competencia era  la de resistencia, 5 vueltas corriendo al velódromo. En esa competencia participábamos Stella y yo. Las primeras dos vueltas fueron tranquilas,  estábamos todas con energía y contentas porque era la última actividad, ya en la cuarta resoplábamos y nos dolían las piernas, algunas de mis compañeras iban por su última vuelta, Stella estaba tan atrasada como yo, íbamos cabeza a cabeza sin apuro, ella trababa de conversarme yo intentaba retener y controlar mi respiración, nunca fui una gran corredora.
Sin querer llegamos a la última vuelta, quedábamos cinco o seis chicas sin haber terminado la prueba, entre ellas ; nosotras amigas y competidoras gracias a las brillante idea de fomentar la competitivad de la escuela. Los gritos de las profesoras alentándonos nos retumbaban en la cabeza, las piernas no daban más y los pulmones ardían.
En mi cabeza hubo un click y aceleré y aceleré y dejé a todas atrás, dejé de sentir mis piernas, escuché que Stella me hablaba y me llamaba desde atrás, si veníamos las dos corriendo a la par, la dejé sola, y aceleré y no me importó nada, quería irme.
Cuando terminé y vi que a los diez minutos llegaba ella más cansada que yo, más exhausta que yo, me miró y dio vuelta la cara. Ahí también hubo un click pero en mi corazón. Algo se había roto, algo había roto yo en un momento de la carrera, algo que no se solucionaría jamás. Pude ver la decepción en los ojos de la que yo decía mi amiga y sentí mi propia decepción dentro de mí.
Durante un tiempo seguí dejándole papelitos extrañamente doblados en el pupitre, pero al otro día los encontraba intactos, también me quedaba en la puerta esperándola pero nunca me la volví a cruzar.
La esperé tal vez para ofrecer una disculpa. No supe qué se había roto dentro de mí ese día de la carrera hasta que no noté su silencio, su vacío.
Ahora ya grande,  eso roto ha creado un vacío oscuro muy profundo dentro de mí, un vacío que a veces pide que lo alimente.


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