jueves, 9 de agosto de 2007

Silver a la Criolla

La yegua de mi tío era bastante arisca, recuerdo que sólo se dejaba montar por mi tío, él; un gaucho de bombacha y botas de cuero de potro, era todo un personaje, andaba siempre con su facón en la cintura y el rebenque presto a usarlo, silencioso, meditativo, le gustaba pasar horas mirando el fuego de la cocina a leña mientras fumaba los cigarrillos que él mismo liaba.
No tenía muchas posesiones, salvo la silla de montar y su yegua, blanca y de un carácter bastante endiablado. Siempre que la veía me hacía recordar a Silver el caballo blanco del Llanero Solitario, visto hasta el cansancio en las viejas historietas del almacén del pueblo que llegaban desde la capital, revistas que Don Julio me dejaba hojear todas las veces que quisiera si le barría el piso y le lavaba los vasos que usaban los parroquianos cuando se tomaban algo mientras las doñas hacían las compras.
Soñaba yo con montarla un día y que se pare en sus trancos traseros como el caballo de la historieta.
De acercarme pues, solo llegaba a unos tres metros de ella, parecía oler mis intenciones y comenzaba a relinchar y se encabritaba y bufaba tan fuerte que siempre sacaba a mi tío de sus cavilaciones y yo salía corriendo.
Igualmente no cejaba de mis intentos, bien dicen que el esfuerzo es recompensado con creces y que todo lo que vale la pena cuesta trabajo, así estaba yo y así estaba ella, los dos en posición firme, estudiando ambos los siguientes pasos del contrincante.
Todos los días en cuanto tenía un rato libre y estaba la yegua pastando tranquila yo no desistía de mi empresa.
Hasta que un día creí que era el vencedor de esta lucha silenciosa, entre el hombre y la fuerza del bruto y noble animal, me creí que yo había sido el más inteligente, el más rápido de ambos, pero pronto habría de darme cuenta, dolorosamente debo decir, de mi error.
Creí haberla cruzado distraída y así a pelo nomás tomándola de las crines y de un solo salto certero digno de Juan Moreira en plena carrera huyendo de Chirino me le subí, solo un segundo tardó en darse cuenta de lo que sucedía y comenzó un trote que a los minutos era una cabalgata desenfrenada a campo abierto.
Yo reía enloquecido, no sé si por miedo, o porque realmente estaba convencido de haber ganado esa contienda. Cuando me dí cuenta de sus verdaderas intenciones ¡yegua del demonio! me acuerdo y me duelen mis viejos huesos todavía; ya era demasiado tarde.
Íbamos a carrera enloquecida hacía un enorme árbol en medio de la nada y por más que tirara de las crines para que se desviara, el maldito animal más derecho enfilaba, mi risa se cortó como un una cuchilla grande y afilada de las que se usan para cuerear las vacas. Contuve el aliento, nos veíamos a los dos, animal y hombre estampillados contra el ancho tronco
Pero a último segundo el animal sin detener la marcha se desvió y viendo las ramas más bajas, las sentí más que verlas en mis costillas y otras rasparon toda mi cara, sentí el calor húmedo de la sangre que manaba de mi rostro, quedé ahí colgado de las ramas más gruesas, como ropa en la cuerda y ella libre de todo peligro y sin su indeseable jinete, ahí a unos metros mirando; casi, casi con una sonrisa burlona en sus ojos.
Desde ese día nunca más me le acerque, aprendí la lección que no sólo era un mozo sin experiencia al lado de esa yegua, sino que también comencé a mirarla con un respeto terrible.


No puede quejarse Doña E, me esta haciendo laburar....

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Comentar? no ya a esta altura es imposible, me quedo pensando en las boinas y las alpargatas!!
Muy LIndo!!!!!!!!!! jajajaj

Anónimo dijo...

Cuando la invite a un asado en mis pagos, ahí vera las boinas y las alpargatas eso sí de yute como deben ser!

Anónimo dijo...

mmm sabe que el yute no lo hacen mas aca, ahora lo importan de bangladesh!!! Dios mio, ya ni el gaucherio nos va quedando..mmmmmmmmmmmmmmm asadito!!

lola dijo...

me ha roto el corazón, lo sabe no???

en primavera, ya verá ....

Anónimo dijo...

Eso es lo que sucede cuando se quiere domar lo indomable. A esos seres superiores, salvajes, pero sobre todo, libres, no hay que montarlos, hay que acompañarlos, par a par, respetarlos y esperar a que ellos inviten. Ahí, se baja la cabeza agradecida porque nos permiten entrar en su mundo, del que difícilmente querramos salir.

marielet dijo...

Es que a las yeguas hay que admirarlas de lejos! Pero quien te quita lo cabalgado...