Los pequeños altares a lo largo del camino son como puntos
de una sutura mal hecha, tótems de dolor y abandono. El sol calienta el sucio
asfalto y repiquetea en el techo del viejo auto lleno de polvo. En todo el esplendor del mediodía, reseca la garganta y
los yuyos del borde de la ruta.
Perdido entre pastizales color cobre está medio escondido,
un pequeño nicho rodeado de banderas rojas y en el centro una cruz y la estampa
del gauchito gil, un santo; un renegado que la historia no lo llevó al olvido
gracias a la labia de los lugareños.
Parecía repetirse cada tantos kilómetros, es decir si no
prestabas atención parecía el mismo, pero todos tenían sus leves diferencias,
distintos tonos de rojos y distintos tonos de abandono, algunos tenían una
foto, otros una placa conmemorativa
No recuerdo de donde o como salió este nuevo santo, oh todos
parece que renovamos nuestros depositarios de la fe y a quien endilgarles
nuestras frustraciones.
Cuando era chico recordaba a la difunta correa, que también
tenía nichos con fotos estampas y muchas botellas con agua, agua sucia, turbia
intomable para satisfacer una sed que nunca más se iba a poder satisfacer.Fue
lentamente olvidada y borrada de la ruta, sus muertos ya no importaban tanto, y
los dolores de las pérdidas se las llevó el viento o fueron quemadas por el sol
del eterno verano, no se sabe. Tal vez simplemente descastada por el machismo
de los nuevos santificados, no sé sabe.
Los santos ruteros y las rutas abandonadas eran como el
idilio perfecto, no existe uno sin el otro y al revés.
El sol recalentaba la chapa de mi viejo auto, el aire
acondicionado era un bien inexistente y la radio funcionaba cuando quería, ni
bien te acostumbrabas al silencio se escuchaba un chisporroteo y de repente una
cumbia te retumbaba en los oídos, o una chacarera, todo dependía por cual
pueblo pasabas en ese momento.
No sé muy bien por qué me detuve ahí, no creía que iría a
encontrar ayuda. A veces la suerte sólo se termina y punto, uno debe saber
seguir su camino y ya. Mi suerte había terminado hace mucho, mucho tiempo y me
di cuenta de ello cuando la conocí a ella, ese fue el click, una avalancha que
destruía todo a su paso, incluido a mí.
Era un paraje desolado, no había ni un árbol para tomar
sombra ni se veía ningún ser vivo en cien metros a la redonda, el silencio era
absoluto, nada se movía, nada hacía ruido. No sé cuánto tiempo había pasado
desde que apagué el motor, esperando, esperando algo, cualquier cosa, una
señal, no sé. No creía que alguien pasara no por ahí y menos a esa hora no en
esa zona, el calor te hacía meter dentro del rancho y salir cuando el sol se
pusiera, le temen al sol y la sequía, sabían con quien peleaban todos los
veranos.
Todo tiene su final, y este es el mío. Todo parece que funcionara como en cámara lenta, observo todo
desde un lugar lejano estoy y no estoy. El sol en la chapa, el chisporroteo en
sordina de la radio, no se mueve un alma en el camino, las banderitas rojas del
altar rutero inmutables, todo parece detenido; esperan, algo, no se sabe;
alguien; el asfalto levanta un vapor caliente y opresivo, mis pantalones están
pegoteados por mi transpiración.
En ese momento supe que no había más camino ahí adelante,
que era una pérdida de tiempo seguir corriendo. Saqué un cigarrillo de la
guantera y lo encendí, mi mano izquierda seguía en la ventanilla apoyada
tranquilamente como si fuera un taxista acostumbrado a los embotellamientos de
la capital, con el otro fumaba lentamente. Fueron cinco minutos en los que no
pensé en nada, cinco minutos de puro placer por el tabaco o los recuerdos que a
veces enlazo con un cigarrillo, por ej.: ese cigarrillo de después de cenar
opíparamente o el post coital a la madrugada con la luz de la luna llena
entrando por la ventana, o el primer cigarrillo de mi vida, a escondidas de mi
viejo, asustado por la paliza que podría recibir no por fumar sino por robarle a
él los cigarrillos.
Tiré la colilla por
la ventana, no me importa nada, todo es fuego en esta vida, fuego o hielo
depende de cuán muerto camines por ella. Con la mano libre me toqué el costado
derecho sobre las costillas, el dolor se hacía insoportable por momentos, mis
dedos estaban llenos de sangre. La cosa había empeorado desde que agarré la
ruta.
Como no tenía muchas cosas más que hacer o mejor dicho nada
más que hacer, me prendí otro cigarrillo, total no creo que sea la nicotina lo
que me vaya a matar. Estaba en ello cuando escucho dos voces un hombre y una
mujer, discutiendo, miro para adelante y no los veo, miro por el espejo
retrovisor y sí, ahí están detrás del auto, un gaucho y una mujer vestida con
un vestido que parece viejísimo, ella misma parece viejísima y su piel está
completamente reseca como si hiciera siglos que vagara por esos parajes. Hablan
a los gritos y señalan mi auto, no escucho lo que dicen, no creo que sea yo el
motivo, era un completo desconocido por esos lugares, estaba totalmente de paso
huyendo de un pasado y de un futuro, triste y solitario. Siguen señalándome.
La discusión era cada vez más fuerte, pero de repente dejé
de escucharla me concentré en el cigarrillo hasta que le dí la última pitada,
tiré nuevamente la colilla por la ventanilla, fue ahí que escuché el silencio
más absoluto y me di cuenta que el dolor de mi costado había dejado de molestarme.
Mientras, vi por el espejo retrovisor cómo uno de ellos se
acercaba lentamente al auto.
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