jueves, 15 de noviembre de 2007

El insomnio de las iguanas

Cuenta la leyenda que en la selva hubo un tiempo donde todas las especies que ahí habitaban lo hacían en armonía unas con otras. La paz reinaba por sobre todas las cosas.
Esto era el resultado del antiguo consejo que reinaba en el centro de la selva, el de las iguanas, uno de los consejos más sabios que supo haber en la selva, esto se debía a la buena gestión, a la inteligencia con la que aconsejaban y al amor que le dedicaban a su trabajo, al poco egoísmo, pues estar en el consejo confería un poder enorme con el resto de los habitantes, pero las iguanas a eso nunca lo tuvieron en cuenta, siempre pensaron en lo mejor para que la armonía fuera larga y duradera porque ellos pensaban que si todos estaban unidos, nadie podría vencerlos. Nada para ellas querían, todo lo dejaban en el concejo.
Lo único que exigían las iguanas era que no las molestaran en su siesta diaria pues de ahí venían sus visiones para un mejor gobierno.
Pero una vez, un grupo de yacarés envidiosos, envidia por pertenecer al consejo pues según ellos, al ser verdes y reptiles también tenían el mismo derecho de pertenencia, más lo que ellos sólo querían era la fama y el poder, porque pensaban que con semejante cargo, todos les deberían rendir pleitesía y todo, todo lo que pidieran debería ser concedido, y era esto justamente lo que no entendían de las iguanas, porque no hacían valer su estatus dentro de la selva, no podían entender que las iguanas no reclamasen para ellas mismas ciertas licencias del poder.

-Son unas tontas estas iguanas, debemos sacarlas del poder, nosotros haremos muchas más cosas, pero por sobretodo disfrutaremos mucho más!

Una tarde en la que el sol abrazaba la tierra, los yacarés se unieron para interrumpir el sueño de las iguanas, y lograr así que el caos reinara en la tierra y sería obligatorio elegir nuevos integrantes del consejo.
Fueron a ver a un viejo lechuzo que solo vivía en la rama seca de un árbol, a pedirle bajo engaños una pócima para no dormir, le dijeron que era para la marmota que se quejaba de que se la pasaba durmiendo y no disfrutaba del sol, ni de la vida. El lechuzo poco le importaba lo que hiciera la marmota, pero igualmente accedió al pedido, tal vez sea mejor para todos que la marmota duerma un poco menos, y de debajo de sus viejas alas, y de un hueco en el tronco donde era su casa, sacó hierbas y otros yuyos, los mezcló a todos, los hizo polvo con un viejo mortero. Terminado todo el proceso les dio el polvillo a los yacarés diciéndole: - con sumo cuidado viertan una pizca en el agua que beba la marmota-.
Más los yacarés de que cuidados y medidas no sabían nada, vertieron todo el polvo en el bebedero de las iguanas.
Cuando las iguanas bebieron el agua el cielo se oscureció, la tierra tembló, los pájaros cuya intuición era grande y certera emprendieron el vuelo todos juntos en un descontrol y un graznido que no auguraba nada bueno, las crías de todas las criaturas gritaron al unísono, los yacarés que no previeron que todo esto iba a pasar se asustaron, pero igual pensaban que todavía podían tomar el control, no se amilanaron y siguieron aguardando a que el caos y la confusión reinaran en la selva, para llegar ellos como salvadores, Las iguanas no durmieron ese día, el tiempo se aquieto, se silencio todo, el aire se hizo pesado, faltaban las visiones de ese día, al siguiente día tampoco durmieron, ni al siguiente, ni al siguiente, todos los animales aguardaban a que el sueño venciera a las iguanas, para que el mundo siguiera al ritmo de antes, a la armonía que conocían.

Más las iguanas no durmieron nunca más, y la selva fue apagándose, llegaron grandes monstruos de metal que todo lo destruyeron, y cuando pedían consejo a las iguanas; éstas por sufrir todavía del insomnio que las invadía nada pudieron hacer, y las máquinas vinieron y devoraron la tierra de la que todos eran dueños desde siempre. Y los yacarés por más que esperaron, no se hicieron con el poder, porque ellos que esperaban en las costas de los ríos, fueron asustados por maquinas enormes que flotaban por sobre el agua con grandes torres de humo negro, y bocas dentadas que arrasaban con las especies que vivían en el agua.
Vinieron los hombres, con palos y puntas de metal y cazaron a aquellos que a nadie molestaban, destruyeron la paz, y las iguanas impotentes, veían ante ellas como su mundo se desmoronaba y nada podían hacer, el sueño que se había ido hacía tiempo, las dejaron sin las visiones
Los yacarés viendo lo que habían producido, fueron arrepentidos a confesar y pedir perdón al consejo. Más nada se pudo hacer, salvo huir más hacia el centro de la impenetrable selva, huyendo del hombre y de los monstruos mecánicos, cada más adentro huyendo sin descanso.

Aún hoy, por sobre el ruido de las máquinas derrumbando árboles, se puede oír el ulular del viejo lechuzo, buscando una cura para el insomnio de las iguanas y así puedan hallar una solución para desterrar al extraño animal que camina en dos patas y tienen esos grandes monstruos de metal que hacen lo que ellos quieren...

No hay comentarios.: