Y de por qué algunas chicas no necesitan novia, sino
simplemente sexo
Tenemos muy incorporado dentro, hecho carne casi te diría el
chip de coger por amor, no por necesidad, y aunque hable de esto, dentro mío
tengo una Susanita que grita
desconsoladamente, así de internalizado lo tenemos. Todas tenemos una Susanita
en algún lado, algunas le compran muñecas y vestiditos rosas y otras la tienen
oculta y encerrada y…gritando, pero ¿tener? La tenemos todas
No recuerdo como te conocí. O sí, bicicletas esa extraña
pasión que puede unir dos personas, pero dos chicas es un tanto más complicado,
creo que al principio te hablaba para matar las largas horas laborales, luego
al intuirte nerviosa y callada lo hacía a propósito, un jueguito de seducción
que me dio dolores de cabeza y ganas de mandarte una bomba por algún chat,
cuando me hablabas de tu “señora mayor” tanto insistí que nos hicimos amigas, y
a tu modo, te abrías conmigo.
Siete meses perseguí la zanahoria delante de mí sin saber
qué zanahoria era, pero ahí estabas vos y estaba yo, de repente las charlas tuvieron sabor a poco, nos buscábamos por ahí, nos queríamos
cruzar, inventábamos cruces para ver si nos veíamos.
Y llegó una noche, una noche de otoño como esta misma, la
que escribo sobre vos, con excusas de amigos cervezas me autoinvité a tu casa y
te acorralé en tu sofá, recuerdo tu casa era medio quilombo, recuerdo tu cara,
estabas dura de nervios y tensión y algo de miedo.
Te obligué a que me digas sin tantas caretas, y te hablé sin
tantos velos. El primer beso fue duro, urgente, primal. Me preocupaba que
aunque estuvieras en tu casa salieras huyendo, el segundo beso fue más
civilizado, ya sentadas una al lado del otro. El tercero terminamos en el piso,
tu ropa me molestaba y tu piso me congelaba la espalda. En cinco minutos
llegamos a la cama, y fue un hermoso descontrol, tu sexo era el cielo, tu piel
blanca como la nieve era un imán poderoso para mis manos y mi boca. La noche
duró lo que dura un suspiro, no recuerdo cuando nos dormimos, cuando me
desperté, una nueva urgencia había nacido en la noche, y era sentirte
nuevamente, y así fue nuestro primer amanecer. Con la luz colándose entre la
persiana vi tu mirada, y yo coleccionista de momentos, me lo apoderé, ese
momento, esa luz, esa ventana, tus sábanas revueltas, tu hombro desnudo, tu
cuello perfecto y ese ojo que más que mirar me hablaba a gritos, todo lo que
quise saber me lo dijo él o eso creí.
Pero no, ese recuerdo fue, no un engaño pero si
sobredimensionado, ese ojo hablaba de sexo, buen sexo, yo pensé que había otra
profundidad, otra lectura, me equivoqué mucho con esa foto mental.
Lo cierto es que tendría que haber quedado en esa noche y
nada más, dos amigas que cogen puede pasar, sobretodo si hubo excesos de
alcohol, sobre todo si había cierta urgencia de una hacia la otra y viceversa.
Pero no hicimos caso, intentamos lo que no tendríamos que haber intentado. Una pasión
no une a dos polos opuestos, dos pasiones, tres. No importa si la cabeza es
distinta, no importa nada si lo que dentro, muy dentro busca otra cosa totalmente distinta, las
apariencias engañan y las miradas de madrugada mucho más, sumado a que sí o sí
tiene que ser amor para que sea buen sexo y no, ¿saben que no? Nos enseñaron
mal, podemos tener sexo y disfrutarlo y será mucho menos doloroso que
inventarse una relación por tal de justificar el buen sexo, porque luego vienen
los desacuerdos y los desatinos, las discusiones y el sexo no puede ser el
único amarre, porque al final termina flotando a la deriva, solo, perdido.
Juntas flotábamos pero para ello teníamos que andar en un
campo de espinas, aumentaron las profundidades y abismos que nos separaban y el
puente cada vez se hacía más delgado, y el viento lo movía más frenéticamente
cada vez.
Y llegó el momento en que no aguantó más y se cortó, por la
mitad desuniendo eso que siete meses se tardó en unir, efímero encuentro que no
debería haber existido.
Porque si no sabemos mantenernos en una noche casual,
podemos llegar a construir puentes que no deben existir.
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