Yo estaré aquí abajo para sostenerte - siempre te decía lo mismo y vos reías y me
decías que era totalmente seguro y cerrabas toda posible réplica mía con un
beso en mis labios.
Recuerdo la primera vez que te vi, estaba en el parque, con un libro enfrascadisima en su lectura,
disfrutando del sol de los primeros días de la primera de hace un par de
años, una sombra que pasa veloz me
distrae y levanto la vista, ahí estabas colgando de una tela, tu sombra rítmicamente
con cada giro volvía a mi, distrayéndome de mi lectura, hasta que cerré el
libro y me puse a contemplarte en silencio. Tus amigas debajo de ti sostenían la
tela y te daban indicaciones de giros y piruetas, y vos reías, y ese sonido me
gustó.
No sé qué fue, no sé si te habré mirado mucho tiempo, pero
lo supiste, en un momento te detuviste ahí en lo alto y me miraste, mirando
mucho más adentro que cualquiera hasta ese momento, creo que me sonrojé y atiné
a abrir el libro nuevamente,y hundí mi cabeza en él, por más que quería no podía concentrarme, mi
mirada volvía ahí en lo alto, donde estabas, vos sabiendo de eso, cambiaste la
sonrisa, no sé como lo supe, pero lo hiciste. Caían los últimos rayos de esa
tarde de sábado en el parque, tus amigas debajo de ti te instaban a terminar y
gritaban “tomemos una cerveza”, bajaste
con una gracia admirable, debo confesar que no era muy conocedora de ese arte,
el de la tela, tú fuiste la primera que veía y fue totalmente de casualidad. Ya abajo, se pasaron la botella de mano en
mano y mientras ellas juntaban y enrollaban la tela, te acercaste, yo te miraba
de reojo con mi libro abierto, mientras una cierta incomodidad crecía en mí.
-Hola, qué lees?- me dijiste- te veo muy sola en este
parque, querés venir con nosotras?
Desconociéndome cerré el libro junté mis cosas y me uní, una
cerveza se hicieron dos sentadas en ronda, pasándonos un porro, disfrutando del
atardecer, charlamos de todo, tus amigas me miraban y se reían, vos solo me
mirabas.
Cuando cayó la noche y el guarda nos vino a sacar, había algo
que no nos dejaba separar. Había algo en vos que me atraía, no sabía qué era,
no sabía tampoco como descubrirlo.
-vamos a mi casa, pedimos unas pizzas y seguimos charlando,
dijiste y tus amigas corearon contentas dale! Yo atiné a irme para mi casa, el
lado contrario del de ustedes, era la señal de que el día se había acabado para
mí
- venite si querés,- y en el medio de mi pecho algo
floreció.
Tu casa quedaba a tres cuadras del parque, pasamos por un
chino compramos más cervezas y algunas papas. Era de esos caserones viejos que se mantenían aún en plena capital,
tus paredes eran de colores fuertes y estaban llenas de fotografías, algunas
tuyas, otras de chicas desconocidas que me generaron curiosidad y algo parecido
a celos.
La cena se prolongó horas hasta la madrugada, yo estaba
obnubilada, no me reconocía, debería decir que siempre adolecí de cierta
timidez que me hace parecer amarga, seca en el trato, pero con vos, con tus
amigas, las risas fluían fácil, no quería que esa noche terminara, que el
sortilegio terminara.
En un momento de la noche tus amigas con mirada cómplices deciden
irse, entre risas y abrazos, yo me paré de donde estábamos sentadas tu living
era enorme y habíamos comido en el piso, sentadas en almohadones enormes alrededor
de una mesa ratona
-Quedate si querés, quedan cervezas que no tomaré sola,
Y me quedé.
-No tenés miedo cuando estás ahí arriba? Te pregunté aún
sabiendo que mi pregunta sonaba mucho más estúpida en voz alta que en mi mente.
Estabas sentada a mi lado, reíste y no contestaste, solo me
besaste.
Y fue fuego y fue magia, y se hizo el amanecer, el sol
entraba por el ventanal que tenías en tu cuarto, no sé cómo llegamos a tu cama,
pero amanecí con la luz del día calentándome la piel, las sábanas enredadas en
mis pies y tus brazos enredados en mi.
Y fue la gloría y fue
el comienzo, y fue hace dos años atrás. No recuerdo la vida antes de esa tarde,
vagas imágenes de mi pasado a veces se me presentaban, pero miraba tu rostro y
toda sombra se disipaba.
-cuando estés ahí arriba yo estaré aquí, cuidándote, reías;
siempre reías cuando te decía esto, me
besabas y reías.
Y el tiempo pasó y no nos separamos todas los fines de
semana de esa primavera y del verano que le siguió fuimos al parque, yo con mis
libros, vos con tus telas y tus amigas. Volvíamos siempre a tu casa, por pizza
y más cerveza, era un ritual compartido por todas.
Y se hizo el invierno, y nos guardamos, y lo que teníamos
fue creciendo. Y me sentía invencible a tu lado y tú reías, con esa risa que me
derretía el alma, me mirabas como esa primera vez desde ahí arriba. Y el mundo
dejaba de existir entre tus brazos.
Entre sábanas y puchos hacíamos planes, íbamos a viajar por
el sur, luego irnos al norte y cruzar la frontera, querías hacer acrobacias de
manera profesional, queríamos la casa y un perro, yo quería mis libros, y tenía
mis alumnos particulares, podíamos irnos a donde quisiéramos, nuestro mundo era
enorme pero no ocupaba bolsos.
Una tarde llegaste exultante, te habían convocado para un
show, la rueda había comenzado a girar
me decías.
Fueron meses de trabajo duro, mucha practica, yo siempre
estaba ahí con vos, cuidándote desde abajo, vos ahí arriba siempre mirabas para mi lado, ese contacto
que teníamos a través de la mirada, esa comunión estaba ahí no importara los
metros en alto que nos separaran.
La gran noche llegó, el teatro estaba lleno, mis nervios era
mucho peores que los tuyos, pero aparentaba tranquilidad, era tu momento. El teatro
estaba lleno, tu número era el más importante, y el momento llegó, ahí estabas
a seis metros del suelo, girando y girando, yo entre bambalinas te miraba, cuidándote
como siempre te decía, el publico enmudecido hipnotizado por tu agilidad y tu
gracia, la simbiosis que tenías con la tela es lo que admiraba todo el mundo,
es lo que me llamó tanto ese primer día,
en el parque. Y ahí estabas, hermosa, rodeada de luz, y mi corazón desbordaba
de orgullo.
El público seguía cada movimiento de tu cuerpo en un
concentrado silencio.
Pero de improvisto ese silencio fue quebrado con un crack
que no supe de donde era, fue un ruido de algo que se rasga, miré al público
para saber de dónde venía y no era de ahí, cuando levanté la mirada no estabas
con el arnés en la tela, tu mirada de sorpresa se cruzó con mi mirada de estupor mientras caías, fue cosa de segundos y a la
vez una eternidad, tu caída parecía en cámara lenta y sentí otro crack, mucho
más fuerte, mucho más seco. Tu cuerpo
estaba tendido en el suelo y una macha roja crecía debajo de él. Ahí también sentí otro crack, pero no lo
busqué entre el público, que gritaba
asustado, ese crack vino de dentro mío,
algo se quebró, y fue para siempre.
Y en mi cabeza solo repetía “no estuve ahí, no estuve ahí…”
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