Gota a gota se
escurría del filo del cuchillo la sangre aún caliente que manchaba toda la hoja
hasta el mango. Las gotas iban formando un charco en la calle polvorienta. El
barrio dormía la siesta, el calor del verano era inclemente, la quietud era
imperturbable.
Sólo una niña de 10 años rompía esa paz casi celestial parada
en medio de la calle. La sangre de la mano, la mano que sostenía un cuchillo;
era casi imperceptible. El cuchillo rompía con la estampa inocente, el sol
reflejaba en la hoja, molestando la vista.
A lo lejos sonaba una sirena, dos. Ambulancia, policía, no
se sabía qué había pasado, qué ayuda se necesitaba más. La imagen de la niña
pedía a gritos un abrazo contenedor, su mirada perdida en el horizonte, viendo
sin ver las luces que se acercaban a una velocidad inusual para lo que es el
barrio, incluso para lo que es el pueblo.
El pueblo, una plaza, la iglesia frente a la plaza, el
palacio municipal, a unas cuadras la estación de policía, un poco más allá un
hospital chiquito y casi sin médicos. Las costumbres eran sagradas y se respetaban
y se transmitían de generación en generación. No se sabía qué era el vandalismo
ni la drogas. Detenido en el tiempo, a paso de tortuga hacia el futuro.
-la torta… la torta… la torta- repetía en mantra murmurando
más para ella que para que la escuchen los demás. La niña no miraba nada, la
vista perdida, una mujer con uniforme le sacó el cuchillo de la mano agarrotada
y la envolvió en una toalla, el vestido estaba empapado en sangre, la cara
tenía salpicaduras y la mano… la mano…
Dentro de la casa, la frescura se mantenía con las persianas
de las ventanas bajas y el ventilador del
comedor a media velocidad, no parecía que faltara algo, no había nada
roto, todo parecía en perfecto orden salvo la mancha…
En medio del piso de la cocina, Mabel, la dueña de la casa,
madre de la niña, estaba tirada cuán larga era en medio de un charco rojo
carmesí.
Desde afuera se escuchó un grito desgarrador. La niña
parecía haber despertado, pero inmediatamente volvió a perderse su mirada, en
su mano ya no sostenía nada. Algo parecía faltarle.
No había nada con vida dentro de la cocina, el ruido del ventilador
era lo único que rompía el silencio de la estancia
El diario local e incluso algunos de la capital estuvieron
varios días hablando del asesinato, de la niña de su vestido y del cuchillo
-la torta… la torta… la torta- es lo único que repitió cuando
se la llevaron y cuando le preguntaron qué había sucedido.
Pasó su infancia en un correccional para niñas con otras 50
niñas de entre 6 y 18 años. A los 18 la soltaron, sola sin más que un vestido
pasado de moda y unos zapatos que le apretaban los dedos.
Creció en silencio, y a las sombras, con su mirada
extraviada, la misma que tenía aquél día de verano en medio de la calle. Nadie fue
a buscarla, nadie tenía en su vida. La soledad era un pozo sin fondo.
Cuando llegó a la vieja casa, la pintura externa estaba
descascarada, el césped del jardín se había convertido en mala hierba y crecía
salvaje tapando las ventanas, los vidrios de éstas estaban rotos desde hace
bastante tiempo atrás, de los muebles no quedaba nada y parecía que alguien se
había instalado un tiempo a vivir en el living.
EL calor era el mismo de hacía ocho años atrás, el sol
golpeaba de la misma forma y la tierra de la calle formaba el mismo colchón
polvoriento, pero esta vez no había charcos de sangre, ni cuchillos, pero la
mirada se mantenía, algo muerto tenía dentro suyo, algo que nadie supo
descubrir qué era. Pero estaba dentro profundo en plena putrefacción.
De entre los escombros encontró
un viejo cuchillo de cocina, con la hoja oxidada y sin filo, de repente su
mirada se alumbró, eso que estaba perdido fue hallado. Lo sostuvo entre sus
manos, acariciando el viejo filo, una sonrisa fue naciendo lentamente.
-la torta… la torta…la torta
repitió más para ella que para que las viejas paredes la escucharan mientras el oxido ensuciaba sus muñecas y un
nuevo charco de sangre nacía exactamente donde ocho años atrás supo haber otro.
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