Si,
tenía sus años, pero él nunca lo admitiría, el coronel odia la palabra anciano
y negaba rotundamente que él lo fuera. A través de los años se había vuelto
distante, seco en el trato con los demás, generalmente se la pasaba mirando por
la ventana en su sillón preferido, mirando a la calle, tal vez esperando a
alguien, o simplemente recordando tiempos mejores, cuando le hablaban,
respondía con algún gruñido, cuando lo hacía, otras veces, daba vuelta su
cabeza hacia la voz que lo había sacado de su ensimismamiento y cuando veía que
no era nada de vital importancia, lentamente la volvía a girar para retomar su
vista a través de los vidrios.
El
coronel ya no se movía mucho, se había vuelto taciturno, silencioso, una sombra
de lo que era en sus tiempos de juventud. Era raro que saliera a pasear, ya
había perdido todo interés en el afuera, ya conocía todo lo que allá afuera acontecía. Y
no tenía interés a pesar de querer demostrarle que las cosas podrían haber
cambiado. Sí, veía a través de su ventana gente con otras modas, otros
peinados, nuevos coches que nunca antes había visto, jóvenes que llevaban
aparatos en las manos y que hablaban a través de ellos, pero al coronel nada de
eso le interesaba.
Así
pasaban sus días, todos exactamente iguales, se levantaba al alba, hacía sus
necesidades, y se postraba en su sillón frente a la ventana, en silencio,
pensando.
Salvo
los viernes.
Los
viernes eran días especiales, él no necesitaba que nadie se lo diga sabía en su
fuero interno que ese era el día, el día especial, ya que la vería a ella, ella
era su todo, no importaba las mil diferencias que tenían, sabía muy dentro de él que había un lazo más fuerte
que los unía, los viernes venía a verlo Gra-gra,
Desde
temprano se ponía impasible, nervioso, no podía estar sentado tranquilo, se
sentaba dos minutos en su sillón y se paraba daba una vuelta por el living y
miraba por la ventana, pero no sin ver como hacía siempre, sino tratando de
verla llegar a ella. Miraba el reloj, los minutos se hacían eternos, la espera
era una dulce agonía ya que sabía, lo sabía muy bien que toda espera valía la
pena. Gra- gra valía mil esperas.
No
siempre fue así, las primeras veces fue caótico, él no la conocía, ella no lo
conocía a él no sabía su historia, casi podría decirte que si no se odiaban
mutuamente, mantenían una diplomática distancia. Ella no sabía nada, para ella era uno más, pero
con el tiempo, y con mucha paciencia en sus cuidados, él no soportaba los
cambios de rutina, y ella en el principio fue un cambio enorme, pero con el tiempo
supieron como llevarse y ahora solamente lo veía a él los viernes y solamente
él podía llamarla Gra-gra.
Ella
siempre que llegaba iba directo a él, lo saludaba, le preguntaba como había
estado durante la semana y le comenzaba a hablar de la suya, él la escuchaba
arrebolado, el sonido de su voz era hipnótico, ella hablaba y le contaba cosas
de afuera, las únicas veces que él llegaba a tener interés en lo que pasaba más
allá de su ventana es cuando la veía a ella y le contaba.
Gra-gra lo ayudaba con sus baños, le
recortaba las uñas, lo peinaba, y si era necesario le recortaba el pelo, a él
le gustaba que su corte de pelo esté siempre prolijo ni un solo pelo fuera de
su lugar, tal vez por eso se comenzaron a llevar tan bien, vio en ella la
profesionalidad que a él tanto le gustaba y que muy pocas veces encontraba, la
amistad vino con el tiempo, aunque tal vez él si esté un poquito enamorado de
ella, pero nunca lo admitiría.
Ese
viernes estaba más inquieto que de costumbre, el resto de la familia prefirió
dejarlo a su aire, porque cuando se ponía así era insoportable, algunos viernes
ni desayunaba por estar esperándola en la ventana.
Estaba
retrasada, sin mirar el reloj el lo sabía, sus viejos huesos lo sabían, no
quitaba la mirada del camino, preocupado pensando que le podría haber pasado
algo, esa bicicleta del demonio como él le decía, un día le pasaría algo en ese
vehículo. El trababa decirle que eso no era seguro pero ella no lo entendía,
imaginaba accidentes desastrosos ella entre hierros retorcidos. Claro que
cuando la veía llegar su suspiro de alivio era enorme y se reprendía por ser un
viejo tonto y fatalista.
Perdido
en sus pensamientos, escuchó el ruido a gravilla, ¡ella había llegado! ¡POR
FIN!.
Con
el corazón en la mano y agradeciendo que sus pensamientos fatalistas eran sólo
exageraciones de él, fue a abrirle la puerta
- Buen
día coronel, ¿como anda usted hoy?, perdón por el retraso, el tránsito está terrible
esta mañana- le dijo mientras pasaba y dejaba el maletín en el piso para
saludarlo.
El coronel,
contento por verla de nuevo, movió la cola feliz.
1 comentario:
¡¡BUENÍSIMO LOLA!! IMPREVISIBLEHASTA LA ÚLTIMA PALABRA.
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