domingo, 16 de diciembre de 2012

El coronel



Si, tenía sus años, pero él nunca lo admitiría, el coronel odia la palabra anciano y negaba rotundamente que él lo fuera. A través de los años se había vuelto distante, seco en el trato con los demás, generalmente se la pasaba mirando por la ventana en su sillón preferido, mirando a la calle, tal vez esperando a alguien, o simplemente recordando tiempos mejores, cuando le hablaban, respondía con algún gruñido, cuando lo hacía, otras veces, daba vuelta su cabeza hacia la voz que lo había sacado de su ensimismamiento y cuando veía que no era nada de vital importancia, lentamente la volvía a girar para retomar su vista a través de los vidrios.
El coronel ya no se movía mucho, se había vuelto taciturno, silencioso, una sombra de lo que era en sus tiempos de juventud. Era raro que saliera a pasear, ya había perdido todo interés en el afuera, ya conocía todo lo que allá afuera acontecía. Y no tenía interés a pesar de querer demostrarle que las cosas podrían haber cambiado. Sí, veía a través de su ventana gente con otras modas, otros peinados, nuevos coches que nunca antes había visto, jóvenes que llevaban aparatos en las manos y que hablaban a través de ellos, pero al coronel nada de eso le interesaba.
Así pasaban sus días, todos exactamente iguales, se levantaba al alba, hacía sus necesidades, y se postraba en su sillón frente a la ventana, en silencio, pensando.
Salvo los viernes.
Los viernes eran días especiales, él no necesitaba que nadie se lo diga sabía en su fuero interno que ese era el día, el día especial, ya que la vería a ella, ella era su todo, no importaba las mil diferencias que tenían, sabía  muy dentro de él que había un lazo más fuerte que los unía, los viernes venía a verlo Gra-gra,
Desde temprano se ponía impasible, nervioso, no podía estar sentado tranquilo, se sentaba dos minutos en su sillón y se paraba daba una vuelta por el living y miraba por la ventana, pero no sin ver como hacía siempre, sino tratando de verla llegar a ella. Miraba el reloj, los minutos se hacían eternos, la espera era una dulce agonía ya que sabía, lo sabía muy bien que toda espera valía la pena. Gra- gra valía mil esperas.
No siempre fue así, las primeras veces fue caótico, él no la conocía, ella no lo conocía a él no sabía su historia, casi podría decirte que si no se odiaban mutuamente, mantenían una diplomática distancia. Ella  no sabía nada, para ella era uno más, pero con el tiempo, y con mucha paciencia en sus cuidados, él no soportaba los cambios de rutina, y ella en el principio fue un cambio enorme, pero con el tiempo supieron como llevarse y ahora solamente lo veía a él los viernes y solamente él podía llamarla Gra-gra.
Ella siempre que llegaba iba directo a él, lo saludaba, le preguntaba como había estado durante la semana y le comenzaba a hablar de la suya, él la escuchaba arrebolado, el sonido de su voz era hipnótico, ella hablaba y le contaba cosas de afuera, las únicas veces que él llegaba a tener interés en lo que pasaba más allá de su ventana es cuando la veía a ella y le contaba.
Gra-gra lo ayudaba con sus baños, le recortaba las uñas, lo peinaba, y si era necesario le recortaba el pelo, a él le gustaba que su corte de pelo esté siempre prolijo ni un solo pelo fuera de su lugar, tal vez por eso se comenzaron a llevar tan bien, vio en ella la profesionalidad que a él tanto le gustaba y que muy pocas veces encontraba, la amistad vino con el tiempo, aunque tal vez él si esté un poquito enamorado de ella, pero nunca lo admitiría.
Ese viernes estaba más inquieto que de costumbre, el resto de la familia prefirió dejarlo a su aire, porque cuando se ponía así era insoportable, algunos viernes ni desayunaba por estar esperándola en la ventana.
Estaba retrasada, sin mirar el reloj el lo sabía, sus viejos huesos lo sabían, no quitaba la mirada del camino, preocupado pensando que le podría haber pasado algo, esa bicicleta del demonio como él le decía, un día le pasaría algo en ese vehículo. El trababa decirle que eso no era seguro pero ella no lo entendía, imaginaba accidentes desastrosos ella entre hierros retorcidos. Claro que cuando la veía llegar su suspiro de alivio era enorme y se reprendía por ser un viejo tonto y fatalista.
Perdido en sus pensamientos, escuchó el ruido a gravilla, ¡ella había llegado! ¡POR FIN!.
Con el corazón en la mano y agradeciendo que sus pensamientos fatalistas eran sólo exageraciones de él, fue a abrirle la puerta
- Buen día coronel, ¿como anda usted hoy?, perdón por el retraso, el tránsito está terrible esta mañana- le dijo mientras pasaba y dejaba el maletín en el piso para saludarlo.
El coronel, contento por verla de nuevo, movió la cola feliz.

1 comentario:

Valeria Pelka dijo...

¡¡BUENÍSIMO LOLA!! IMPREVISIBLEHASTA LA ÚLTIMA PALABRA.