-En mis tiempos mozos…-
Con esta frase siempre comenzaba don Emilio sus historias.
Todos en el bar se sumían en el silencio, esperando sus anécdotas, éste era un típico bar de barrio, mesas y sillas de madera, la vieja cafetera, la misma de hace 20 años atrás, nueva por aquél tiempo. Las botellas de licores, en repisas detrás de la barra cubriendo el vidrio manchado por el tiempo.
Don Emilio era uno de los tantos parroquianos que se daban cita en el mismo bar desde siempre. Algunos se preguntaban cuándo había llegado por primera vez al bar, ¿y al pueblo?, pero nadie lo recordaba, nadie tenía una fecha cierta. Era como el bar, siempre había estado, siempre iban a estar, uno en la esquina frente a la plaza, con los grandes ventanales abiertos de par en par en verano y en invierno, con la estufa a cuarzo en el rincón, y el otro en la mesa para uno, frente a uno de los ventanales que daban a la plaza, la principal del pueblo, en donde esta la consabida estatua a las madres, al bombero y a algún personaje ilustre que mereciera tal premio póstumo. Nadie sabía de donde había venido, nadie sabía de su pasado, y poco importaba. Era un personaje más del pueblo, pintoresco y misterioso.
Llegaba al atardecer a tomarse un café, casi siempre a la misma hora. Ese momento indefinido entre la muerte de la tarde y el nacimiento de la noche. El mozo, cantinero y único dueño del bar sabía que para él era un café, sólo, sin azúcar, en vasito, y uno de soda. El rito era invariable, como los comienzos de sus historias.
- En mis tiempos mozos a mí me decían el mocoso- así había comenzado esa tarde destemplada de agosto-Yo era muy inquieto mi madre me dejaba hacer, pues no me podía contener dentro de la casa, mi padre había muerto hacía tiempo. El recuerdo de su rostro, de sus abrazos y de su voz, clara y fuerte, se iba nublando cada vez más con el paso del tiempo.
Yo tenía alrededor de 10 años, eran tiempos de los pantalones cortos, usaba siempre una boina que había sido de mi abuelo, padre del mío. Los botines estaban viejos y desgastadas sus suelas. Mi madre miraba con reprobación, pero la plata no sobraba como para unos nuevos. La pensión de mi padre apenas nos alcanzaba para comer, y gracias a dios que la casa, pequeña, era nuestra. A veces mi madre aceptaba ropa para remendar de las vecinas acomodadas del barrio, eran los ingresos que destinaba para mis cuadernos, siempre decía que la educación era lo que nos abría infinitas puertas. Yo, la verdad, en ese tiempo prefería ir a jugar a la pelota con los otros chicos del barrio, o escaparnos hasta la vieja fábrica que estaba como a 10 cuadras de mi casa a terminar de romper los vidrios a cascotazos.
Después de unos años, cuando crecí un poco más; tomé conciencia que mi madre no podía con todo. Comencé a trabajar vendiendo diarios en la esquina de la plaza, también ayudaba a Don Zoilo, dueño del almacén de ramos generales, pasando la escoba o ayudando con los paquetes de mercadería que llegaban desde la gran capital.
Y así fui creciendo, hasta que un día mi madre, muy enferma, murió. Sentí que en ese pueblo ya no tenía nada que hacer. Cerré la casa a cal y canto, arme un revoltijo con mis pocas ropas y me fui.-
En ese momento Don Emilio se quedó en silencio sumergido en aquella época, se le podían ver los ojos vidriosos, nostalgioso ahí con su café ya frío, todo blanco en canas, con su vieja boina y su piel llena de arrugas, evidencias de la vida dura que había tenido. El silencio persistía, parecía que esa tarde no habría final. Todos se quedaron pensando en cómo continuaría ese relato, y en qué historia se había perdido.
Lo que quedaba por contar, y es justo donde se detuvo Don Emilio, era la verdadera razón por la cual se había ido de ese pueblo y de porqué no se sabía nada de su pasado, salvo por las historias que él mismo contaba.
Lo que nadie podría saber nunca, aquello que lo detenía en el momento justo, era eso que le hacía vidriar los ojos. El recuerdo de una cabellera larga y morena, oscura como la noche, y unos ojos azules como el agua de un manantial. Una hermosa mujer que no podía ser dueña de su destino, a la cual amó durante toda su vida y seguirá amando hasta el día que muera. Lo que tampoco nadie sabía- y que nadie debía saber- era el porque no se pudo consumar ese amor.
La prueba de su huída, de su amor no consumado estaba escondida en el fondo de un cajón en la habitación más escondida de su casa, su documento.
Ahí estaba la verdad de Don Emilio, esa verdad que escondía y tapaba con miles de historias, esa verdad de la que huyó cuando era pequeño, esa verdad que lo avergonzaba, esa verdad, de la cual renegaba con toda su sangre y su ser.
El papel donde decía para todo el mundo quién era en realidad, donde decía quién debía ser, a pesar de lo que sintiera, a pesar de lo que sufriera siendo lo que no se es de alma.
En ese papel, figuraba su verdadero nombre: Doña María Emilia Álzaga.
14 comentarios:
¿tuvo la oportunidad de insinuarle o confezarle su amor a la mujer morena?
¿hasta dónde la pude conocer?
¿Cuándo se enamoró de ella?
¡Quiero saber más!!
Se me ocurren tantas posibles escenas entre ellas!!!
Quice decir:
¿Hasta dónde la PUDO conocer?
Buenisisismo, lo....hace mucho que no pasaba, pero que placer leer en el vuelo de tus palabras las carcajadas de tu imaginación.
beZo
Eso, mi queria Begonia, pertenece a otro relato....tal vez lo publique en algún momento
Olimpo sospecho que usted me puso entre Alejandra y Silvina, pero no merezco tal honor, porque no soy ni vieja ni estoy loca, y lo más importante, aún estoy viva
Eso de la buena literatura es sólo cuestión de gustos, jaja
a mi me gustan las viejas locas, el cuerpo de alejandra, los secretos de Silvina, si supieras lola...esa traslación.
Yo quisiera no estar entre ellas pero ser por ahí una mosca que espíe desde un rincon.
Excelente primer relato.
Quisiera más o no. Solo la autora sabrá qué es lo mejor.
Begonia.
ahh no dije que no me gustaran, pero bueh, es un chiste (interno) con Olimpo...en realidad es una de nuestras mejores disputas, ser vieja loka y tal vez estar muerta...jaja
lo del relato, si puede ser, veamos la inspiración...
Bueno...una aclaraci�n, el olimpo, ademas de interno es privado, MI SILVINA NO!!!! ok, nadie la toca, a alejandra quizas la preste jajjaa.
Lo........que weno que anda de escrituras de nuevo, que lindo reescribir los cuentos de la estepa, que bello!!!! Peque�as maravillas para romper el tiempo, que sopla en contra.......ahora respiro
MI estimadisíma Tristeza, es privado, pero con Begonia tenemos alma de voyeuristas jajaja (chiste)}
es bueno volver y perderse en los recovecos literarios oscuros de los demás (cuack! palo para usted mi sra)
pero usted sabe de lo efimero de las musas que me acompañan (doble cuack!)
Nos vemos
esto de que las musas que nos pasan caminando cerca sean efímeras... y que aquellas a las que jamás cruzamos en vida no se nos vayan más...
¡qué cosa, che!
Y Lolita, mmm, no me hagas esa fama. Acordate que la palabra fue "chusma" nomás, solo chusmeta de blogs y perfiles de musas efímeras.
Begonia Love.
Bego, mi Bego, la palabra chusma es el epíteto del vulgo de la palabra vouyeur, no piense mal no hay malas palabras, sólo es la intencionalidad que varía...
musas y musas (o dobles muzzas)
todo es efímero, absolutamente todo y relativo, por ende, todo lo que se nos cruce en la vida, es efímero, incluyendo la vida misma, aquello que idealizamos, mierd, eso es perenne como bien propio y jueguito de nuestra mente...o no?
estoy bloqueada, de pronto tengo ganas de coner pizza.
¿Y si nos invitamos a comer pizza mañana?
ja ja la piba re hincha pero bueno, es todo tan efímero...esa porción que estaba ahí, hermosa, tentadora, devorable, ya no está...
Como de ella y de su mito. Cuando estoy tan hambrienta.
bueno se puede ser tentadora, pero hermosa? como puede ser una porción de muzza hermosa?
me imagino una de verduras (o Ananá, esos gustos son mios solos, por eso me esquiva la musa) por ahi en San Telmo y puedo decir apetitosa, pero no se si hermosa, osa menos....
comamos del mito, los mitos perduran mucho más
LuZ
LuZ?
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