Este espacio fue creado, como un espacio literario, probar a jugar con las palabras de distintos modos, a comunicarnos a traves de ellas, a mostrar y demostrar, o simplemente a jugar, porque la vida es un juego.
domingo, 19 de mayo de 2013
El secreto
Todas las tardes, antes de que cayera el sol, podías ver caminar una silueta de mujer por toda la playa de una punta a la otra, y otra vez de una punta a la otra hasta que el cielo oscurecía por completo y al mar solo lo intuías por su rumor constante.
La silueta era de una mujer, saco largo negro, siempre con las manos en los bolsillos, siempre con el pelo suelto. Siempre sola.
La playa era de piedras minúsculas, negras, molestas para caminar y para retozar sobre ellas, saboreando el sol inexistente de esos parajes. Las olas indolentes golpean sin descanso el pedregullo de la orilla, formando una espuma rabiosa que relame la costa constantemente, el viento golpea con fuerza todos los días, no habiendo uno que no se presentara, firme como novio enamorado.
En invierno; el gris de los días, se suma al gris del mar, formando una postal de la desolación. Y el frío cortaba mejillas mojadas por lágrimas primaverales. Ni siquiera en este clima dejabas de verla, ahí, caminando sola, con las manos en los bolsillos, su cabellera color rojo atardecer suelto, sus rulos en un baile de frenesí con el viento. Con sus pies casi rozando la espuma, la mirada perdida en el horizonte. Ella se daba cita con el mar todos los días,él tan temperamental, tan vivo, tan imperecedero, ella tan mustia, tímida casi etérea , un halo de melancolía parecía rodearla, cual prenda de vestir . A la misma hora y en el letargo de las horas que parecen no pasar en su caminata, en su devenir meditabundo.
Caminaba sin parar hasta la noche, mirando sin ver lo que había delante de ella, con la mirada perdida más allá de lo visible.
La curiosidad hizo mella en mí y quise saber más, inventarme una historia, un mito. En ese momento nadie supo decirme su nombre ni su edad ni de dónde venía o donde vivía.
Los viejos pescadores la imaginaban sirena que perdiendo la gracia del mar, lloraba por la vuelta a su hogar. Otros le decían la loca de la playa que vivía en un casilla abandonada, que era parte de un barrio de obreros de una vieja fundición, la fundición no duró mucho, los obreros tampoco, lo que quedaba eran ruinas tanto de las fábricas como de las casillas, derruidas por la sal del mar y el viento, implacable viento. Otros decían que no era de ahí, que había llegado al pueblo de muy joven persiguiendo sueños de amor, que nunca llegaron a cumplirse.
Y llegó el día que tuve que irme de aquel paraje el paisaje de mi niñez y de mi adolescencia se trastocó en rascacielos y propios sueños, pero como con todo lo bueno, siempre se vuelve, cuando volví a Playa U, volví a la playa creyendo, de un modo hasta inocente, que la volvería a ver, mas no fue así.
La última vez que la vieron fue en un día demasiado ventoso, demasiado frío, demasiado trágico. Se la vio rodeada de pingüinos y algún que otro lobo marino. Hubo quien aseguró haber escuchado el llamado triste de una ballena, hasta juran haber visto una enorme cola blanca que se hundía en el horizonte; pero eso era imposible, ya que no era la época de apareamiento de esos mamíferos.
Seguí yendo a la playa, en la misma hora en la que solía verla, tal vez con el deseo inconsciente de verla, de tal vez ahora ya grande de hablarle, cruzar un saludo, una mirada. Nunca volví a cruzármela.
Un día, recuerdo que el viento estaba mucho más fuerte que de costumbre, que el mar estaba más vivo que nunca, vi a pesar de restregarme los ojos porque no creía lo que veía, vi el enorme chorro de agua que larga una ballena cuando respira, aunque sabía que no era el momento en el que visitan estas playas.
Cuando las canas platearon mis sienes, caminar por la playa mirando el horizonte era una costumbre por mi adquirida desde hacía mucho tiempo, casi me había olvidado de ella. De los que éramos en la época de mi juventud quedábamos muy pocos y los que quedaban no les quedaba memoria suficiente. La vieja fábrica había sido derrumbada y junto a ella el barracón de casillas de los obreros. También había menos pingüinos y casi no se veían ballenas, de ningún tipo. El viento y el mar era lo único inmutable y tan salvajemente vivo a la vez, y los únicos que sabían el secreto final de esta historia, de ella, su pasado y su destino.
Casi al final de mi vida pude rescatar algunos datos, su nombre, María, su edad, casi 28, y que había estado enamorada de un pescador desde que tenía memoria.
Mis paseos por la playa continuaron hasta que la edad me lo permitió, al atardecer, con la espuma bañándome los pies, como un simple homenaje a ese misterio que me acompañó durante la mayor parte de mi vida. Solía perder la mirada en el horizonte, como hacía ella.
Un día como todos los días, salí, y me pareció verla, traté de alcanzarla pero no pude, la edad hace estragos por más que no lo permitamos, cuando llegué a donde más o menos pensé que la había visto, pude ver por el rabillo del ojo, percibir más que ver, una enorme cola de cetáceo hundiéndose en esa línea en la que el mar toca el cielo.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario