Tu verga era enorme, no sólo
físicamente, tenía cierta presencia, imponía respeto, cuando la sostenía entre
mis manos necesitaba de ambas para poder rodearla completa, pero no era lo que
más me impresionaba de vos, no esa polla siempre lista para la acción ni ese
cuerpo fisiculturista, siempre sospeché que no era solamente de gimnasio toda
esa masa corporal, pero nunca tuve los ovarios para hacerte algún comentario.
Recuerdo las noches de hoteles de paso, noches de verano, pesadas y pegajosas, nos juntábamos a tomarnos un
vino, o una cerveza, charlábamos como si no nos hubiéramos visto durante el
día, creo que lo más importante de ese juego era poder separar nuestras vidas
diurnas de las nocturnas, olvidarnos que éramos compañeros de trabajo olvidarte
que yo era esa odiosa asistente que perseguía para que me entregues en tiempo y
forma todos los papeles y olvidarme de que eras ese vendedor, terriblemente
chanta y terriblemente encantador. Ni tu polla, ni tu físico, era ese aire cosmopolita
que tan bien sabías engalanar con trajes caros y corbatas de seda de colores
poco comunes para los aburridos que nos rodeaban. Era tu charla, el don de la
conversación no es para todos, y tú, tú como buen vendedor que eras, eras un
maestro, sabías envolverme en palabras, contigo me sentía tan cómoda, tan a la
par, hablar de música, películas europeas, películas que nadie vería en este
país, de libros, de todos los libros, y de todos sus autores, sabías de vinos,
oh dios, sí; sabías de vino, y por sobretodo sabías como hacer sentir especial
a una mujer, esperaba ansiosa tu llamado, no porque te amara, bueno, no estaba
enamorada de vos, pero me tenías encantada, ambos sabíamos bien como era el
trato y nunca buscamos otra cosa más. Esa claridad en el acuerdo, en el trato,
tan claro, tan firme en lo que querías, se notaba tu madera de vendedor, y yo
compré, no tuve que pensarlo mucho, eras la única opción realmente valedera
entre tanta mediocridad que me, que nos rodeaba.
Me llamabas, me preguntabas si
estaba libre, en esa época casi siempre lo estaba, esperaba tu llamada, ansiaba
tu llamada, que me hables de las películas que viste, que me des de probar esa
cepa de vino y que me digas con qué combinarlo, me encantaba, me sentía una
niña de vuelta en la escuela, quería absorber todo de vos.
Nos encontrábamos por Palermo, por
Recoleta, los lugares que elegías siempre tenían ese toque justo de buen gusto
y tranquilidad, lugares donde siempre sonaba una música suave y que siempre
permitía una charla.
Hablábamos de todo, de nuestro día,
de cosas en general y luego de dos o tres copas definíamos a que hotel ir,
siempre terminábamos en el más cercano, eran tantas las ganas que nos teníamos
que era una necesidad física, un dolor agudo en toda la piel que nos hacía
quemar tener la ropa puesta.
Me gustaba como me tocabas, como me
besabas todo el cuerpo, sentir como tu verga se ponía dura enseguida mientras
nos abrazábamos y nos acariciábamos, me encantaba tocarte la nuca rapada,
sentir esa cicatriz, historia que nunca me quisiste contar y que yo intuí
demasiado dolorosa, me gusta tocar tus bíceps anchos y ese pecho esculpido que
tenías, tu vientre plano y vigoroso, seguir bajando hasta tu miembro, sentirlo
crecer dentro de mi boca, y escucharte gemir, y que me levantaras de un tirón
por la desesperación por poseerme, me encantaba tu fuerza, y como la usabas de
una manera tan…suave, no tenía poder sobre mi, me sentía completamente a tu
merced en todos nuestros encuentros, y me gustaba, pero no me hacías sentir un
objeto, la tenías demasiado clara en estas cuestiones mundanas de las
relaciones y del sexo sobretodo, eras como un maestro y me encantaba, me
encantaba que me expliques, que me muestres, que me hagas.
Terminábamos exhaustos, transpirados
luego de una, dos, tres veces, éramos imparables, cualquier nimiedad hacía que
todo comenzara de nuevo con el mismo ímpetu y la misma necesidad como si fuera
la primera vez de la noche, la primera vez de la vida, nuestra primera vez. Con
vos era como una eterna primera vez, no nos cansábamos nunca, podíamos parar un
rato, charlar, reírnos pedir algo por el teléfono pegado a la mesa de luz, y
esperar las bebidas, éramos una dupla perfecta yo estaba ávida de conocimientos
y vos estabas ávido por mostrarme.
Me excitaba todo lo que me hacías, y
lo que me contabas, tu vida pasada tus amores pasados, tanto hombres como
mujeres, todo provocara que te quisiera coger de una forma totalmente salvaje y
ancestral, demostrarte que yo también estaba a la altura de todos los demás de
tu vida, tal vez en el fondo quería que me eligieras a mi como la única, no lo
sé.
Recuerdo esa noche en que ambos nos
quedamos trabajando hasta tarde, en el trabajo no quedaba nadie, salvo la gente
de seguridad, tu sonrisa pícara me anticipó que nada bueno podría pasar, pero
me encantaba ese juego que sabías jugar tan bien, lo hicimos arriba de mi
escritorio, con la ropa media puesta, con la mirada en el ascensor por si subía
algún vigilante, eso nos excitaba más, mucho más, fue ardiente salvaje y
rápido, luego lo quisiste volver a intentar en el ascensor, pero en dos pisos,
por más tentador que sea no se tiene mucho tiempo.
Al salir del trabajo nos tomamos un
taxi y fuimos a un motel a terminar lo que habíamos comenzado, y a volverlo a
empezar.
Al otro día, te esperé en mi
escritorio, como todas las mañanas, en realidad no llegó nadie, a media mañana
nos comunicaron el despido masivo de todos ustedes, de vos y tus compañeros,
mis compañeros, mi compañero nocturno, lloré como nunca había llorado ante
noticias parecidas, no sé si lloré porque no compartiría los días con vos o
porque sabía, muy en el fondo sabía que por esa noticia iba a dejar de
compartir las noches de calor en la ciudad.
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