lunes, 24 de septiembre de 2012

Carne II


Tu verga era enorme, no sólo físicamente, tenía cierta presencia, imponía respeto, cuando la sostenía entre mis manos necesitaba de ambas para poder rodearla completa, pero no era lo que más me impresionaba de vos, no esa polla siempre lista para la acción ni ese cuerpo fisiculturista, siempre sospeché que no era solamente de gimnasio toda esa masa corporal, pero nunca tuve los ovarios para hacerte algún comentario.

Recuerdo las noches de hoteles de paso, noches de verano, pesadas y pegajosas, nos juntábamos a tomarnos un vino, o una cerveza, charlábamos como si no nos hubiéramos visto durante el día, creo que lo más importante de ese juego era poder separar nuestras vidas diurnas de las nocturnas, olvidarnos que éramos compañeros de trabajo olvidarte que yo era esa odiosa asistente que perseguía para que me entregues en tiempo y forma todos los papeles y olvidarme de que eras ese vendedor, terriblemente chanta y terriblemente encantador. Ni tu polla, ni tu físico, era ese aire cosmopolita que tan bien sabías engalanar con trajes caros y corbatas de seda de colores poco comunes para los aburridos que nos rodeaban. Era tu charla, el don de la conversación no es para todos, y tú, tú como buen vendedor que eras, eras un maestro, sabías envolverme en palabras, contigo me sentía tan cómoda, tan a la par, hablar de música, películas europeas, películas que nadie vería en este país, de libros, de todos los libros, y de todos sus autores, sabías de vinos, oh dios, sí; sabías de vino, y por sobretodo sabías como hacer sentir especial a una mujer, esperaba ansiosa tu llamado, no porque te amara, bueno, no estaba enamorada de vos, pero me tenías encantada, ambos sabíamos bien como era el trato y nunca buscamos otra cosa más. Esa claridad en el acuerdo, en el trato, tan claro, tan firme en lo que querías, se notaba tu madera de vendedor, y yo compré, no tuve que pensarlo mucho, eras la única opción realmente valedera entre tanta mediocridad que me, que nos rodeaba.

Me llamabas, me preguntabas si estaba libre, en esa época casi siempre lo estaba, esperaba tu llamada, ansiaba tu llamada, que me hables de las películas que viste, que me des de probar esa cepa de vino y que me digas con qué combinarlo, me encantaba, me sentía una niña de vuelta en la escuela, quería absorber todo de vos.

Nos encontrábamos por Palermo, por Recoleta, los lugares que elegías siempre tenían ese toque justo de buen gusto y tranquilidad, lugares donde siempre sonaba una música suave y que siempre permitía una charla.

Hablábamos de todo, de nuestro día, de cosas en general y luego de dos o tres copas definíamos a que hotel ir, siempre terminábamos en el más cercano, eran tantas las ganas que nos teníamos que era una necesidad física, un dolor agudo en toda la piel que nos hacía quemar tener la ropa puesta.

Me gustaba como me tocabas, como me besabas todo el cuerpo, sentir como tu verga se ponía dura enseguida mientras nos abrazábamos y nos acariciábamos, me encantaba tocarte la nuca rapada, sentir esa cicatriz, historia que nunca me quisiste contar y que yo intuí demasiado dolorosa, me gusta tocar tus bíceps anchos y ese pecho esculpido que tenías, tu vientre plano y vigoroso, seguir bajando hasta tu miembro, sentirlo crecer dentro de mi boca, y escucharte gemir, y que me levantaras de un tirón por la desesperación por poseerme, me encantaba tu fuerza, y como la usabas de una manera tan…suave, no tenía poder sobre mi, me sentía completamente a tu merced en todos nuestros encuentros, y me gustaba, pero no me hacías sentir un objeto, la tenías demasiado clara en estas cuestiones mundanas de las relaciones y del sexo sobretodo, eras como un maestro y me encantaba, me encantaba que me expliques, que me muestres, que me hagas.

Terminábamos exhaustos, transpirados luego de una, dos, tres veces, éramos imparables, cualquier nimiedad hacía que todo comenzara de nuevo con el mismo ímpetu y la misma necesidad como si fuera la primera vez de la noche, la primera vez de la vida, nuestra primera vez. Con vos era como una eterna primera vez, no nos cansábamos nunca, podíamos parar un rato, charlar, reírnos pedir algo por el teléfono pegado a la mesa de luz, y esperar las bebidas, éramos una dupla perfecta yo estaba ávida de conocimientos y vos estabas ávido por mostrarme.

Me excitaba todo lo que me hacías, y lo que me contabas, tu vida pasada tus amores pasados, tanto hombres como mujeres, todo provocara que te quisiera coger de una forma totalmente salvaje y ancestral, demostrarte que yo también estaba a la altura de todos los demás de tu vida, tal vez en el fondo quería que me eligieras a mi como la única, no lo sé.

Recuerdo esa noche en que ambos nos quedamos trabajando hasta tarde, en el trabajo no quedaba nadie, salvo la gente de seguridad, tu sonrisa pícara me anticipó que nada bueno podría pasar, pero me encantaba ese juego que sabías jugar tan bien, lo hicimos arriba de mi escritorio, con la ropa media puesta, con la mirada en el ascensor por si subía algún vigilante, eso nos excitaba más, mucho más, fue ardiente salvaje y rápido, luego lo quisiste volver a intentar en el ascensor, pero en dos pisos, por más tentador que sea no se tiene mucho tiempo.

Al salir del trabajo nos tomamos un taxi y fuimos a un motel a terminar lo que habíamos comenzado, y a volverlo a empezar.

Al otro día, te esperé en mi escritorio, como todas las mañanas, en realidad no llegó nadie, a media mañana nos comunicaron el despido masivo de todos ustedes, de vos y tus compañeros, mis compañeros, mi compañero nocturno, lloré como nunca había llorado ante noticias parecidas, no sé si lloré porque no compartiría los días con vos o porque sabía, muy en el fondo sabía que por esa noticia iba a dejar de compartir las noches de calor en la ciudad.

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