Qué les puedo decir de la negra? Qué? Para que la conozcan, para que realmente la conozcan, no sabría por donde comenzar
La negra era una Aberdeen Angus de pura cepa, lustrosísimo su pelaje, pero qué decirles, ella nunca se pensó como vaca y menos como animal salvaje, mi niñez estuvo marcada en parte por los caprichos de esta vaca loca que había adoptado a mi madre, mi madre! Como suya propia y de nadie más, claro que parte de la culpa de este robo fue mi misma madre, ya que la crió desde ternerita, dándole todos los gustos como a cualquier hijo primogénito. Celos? No, yo amaba a esa vaca, salvo cuando me hacían buscarla por todo el barrio porque la descarada se soltaba y se iba de parranda, robando flores a todos los vecinos. Sí yo la amaba, mis vecinos no tanto.
Uno piensa como termina con una vaca como mascota? Claro, esa es la parte más fácil de la historia, el comienzo y como todo buen cuento que se lo precie, este comenzó una fría madrugada de invierno, fría y lluviosa, con esa agua helada que cala los huesos y hiela hasta el alma, mi tío que en ese entonces trabajaba como matarife, cuando le llegó el último animal para sacrificar se da cuenta de que estaba por parir, y la vaca como sabiendo su destino, pare ahí entre las piernas de mi tío, que al ver a la ternerita tan chiquita, tan indefensa y tan huérfana, lo esconde hasta que termine su horario, y así en medio de la lluvia, el viento, el frío nos golpea la puerta para ver si teníamos algo de leche para poder alimentarlo, cosa que terminó haciendo mi madre ante la inutilidad de mi tío para esos menesteres.
La negra nos proveyó de leche durante muchos años, mi madre, vieja experta en el arte de ordeñar vacas, era la única que podía ordeñarla ella venía de una chacra de vacas lecheras y se encargaba de todo el reparto a todo el pueblo, si, mi vieja y sus hermanos menores, tal vez tener a la negra la hacía reencontrarse con esa parte de su pasado, tal vez la ponía nostalgiosa y feliz, o simplemente al igual que yo, le gustaban todos los animales. Como les decía leche y todos sus derivados toda mi niñez, leche fresca pura sana, nada de lo que a hoy se le dice leche.
La negra, hacía lo que quería, se escapaba, se iba de paseo a la hora de la siesta aprovechando que el ojo avizor de mi madre descansaba, con mi tenían una relación muy particular, creo que ni siquiera le faltaba hablar, con mi vieja ya habían pasado esa instancia de la comunicación verbal.
Recuerdo que una de sus comidas preferidas era la chala del choclo, cosa que yo odiaba pelar, esos pelitos rubios que quedaban entre grano y grano, eran muy difíciles de sacar, y tenías que tener tal pericia para sacar todo de una, que muy pocos la tenían, mi madre entre ellas, la cuestión era que apenas vernos en el fondo del patio, con dichas chalas en las manos, la negra comenzaba una carrera desenfrenada hacía su dulce preferido, carrera que puede asustar hasta el más valiente de los gauchos, imagínense a dos niñas de 8 y 9 años, edades mía y de mi hermana, si nos habrán retado porque nos asustábamos de la negra, en ese momento admito, no la quería tanto a la negrita. Era una vaca de unos 400 kg, era un volumen bastante importante capaz de asustar a cualquiera en un galope desenfrenado.
Era desobediente, pero entendía perfectamente cuando mi vieja hablaba con tono firme, sabía hasta donde tiraba la soga, y no precisamente la que la mantenía atada. Era pícara, sabía a quien hacer mimos, topetones y cabezazos para que le den agua fresca y la mejor chala de todo el maíz y antes que al resto de los animales, ya que sabía que el animal que comía antes podía comer más, como dije, era un animal inteligente.
Gracias a la negrita salimos en los diarios y en el noticiero local, tremendo susto que nos dimos, cuando se cayó a un pozo, varios decían que estaba quebrada en el fondo, que no iba a poder salir, pero pudo, pudo, tenía una fuerza de voluntad increíble. La ayudaron los bomberos, luego de varias horas de trabajo de poleas, palancas y fuerza de todo el cuerpo de bomberos, pudo salir.
Qué alegría que teníamos nosotros!, yo lloraba preocupada, pensando en que de esta no se salvaba. Mi madre otro tanto, lo peor desde el borde del pozo, le hablaba, la tranquilizaba, y hasta la retaba por andar soltándose y metiéndose en líos, la retaba como una madre reta a su hija que se portó mal, la vaca le contestaba desde la oscuridad, creo que si salió fue por la fuerza que le transmitió desde el borde.
Los años pasaron y la negrita cada vez más desobediente, no le hacía caso a nadie y mi madre envejeció, ya estaba cansada de andar detrás de semejante hija descarriada.
Con dolor, y llanto de parte de nosotras, las hijas, se llegó a la conclusión de que no podía estar más con nosotros, el barrio había crecido, ya no había tantos espacios verdes para que ella pastara, los vecinos, se molestaban cada vez más seguido con los robos de las flores, nosotras con el colegio no teníamos tiempo para cuidarla, mi mamá esta ahora con mi hermana menor, una bebé de meses, a la cual para colmo de males, la negra tenía entre ceja y ceja por robarle el amor de mi vieja, celos como nunca se habían visto.
Llegó una mañana, en la que un camión la vino a buscar, casi de madrugada, como escapándole al tiempo, la negrita se fue a pastar a campos más vastos donde nos prometieron la libertad de una vida tranquila en el medio de praderas verdes, donde su única obligación era cuidar de sus terneros.
Y así se fue de nuestras vidas a una vida mejor, rodeada de verde y de sus hijos.
4 comentarios:
lindo relato, linda historia, aunque algo del final me suena a cuento de niños....me refiero a una blanca mentira, que oculta cuchillos.....
igualmente soy de creerme los cuentos!!!!
un beso
A veces es preferible creer en mentiras a que te golpeen con la dura realidad.
ahh, quiero una negrita!!!
ahh linda te va a quedar en el living de tu depto...jajaja
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